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Rafael Cadenas sobre sus 90 años: «Es un regalo de la naturaleza, pero me asusta un poco pensar en el tiempo»

El país celebra los 90 años de Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930), autor de una de las obras literarias más sólidas del mundo iberoamericano, reconocida en 2018 con el Premio Reina Sofía de Poesía

@diegoarroyogil / Fotografía: Lisbeth Salas

Queríamos entrevistarlo en persona, pero la cuarentena lo impidió. Tuvimos esta idea: enviarle una serie de preguntas para que él las contestara por escrito, y, como siempre, llano y generoso como es, accedió. El puente fue su nieta, Andrea, quien se encargó de transcribir las respuestas manuscritas de su abuelo, que hoy cumple 90 años. Es Rafael Cadenas, como le dicen, el poeta mayor de Venezuela, desde luego no por su edad sino por él, por su obra inmensa, por su presencia como reguladora, transformadora entre nosotros. Hace un tiempo otro gran poeta nuestro, Guillermo Sucre, al ser consultado por el periodista Hugo Prieto sobre cuál era el legado de su generación, dijo: “El legado de mi generación se llama Rafael Cadenas”. No es poca cosa. Es el reconocimiento de un don del arte y de la palabra, de un bien moral o del espíritu, de una entereza ciudadana, de una manera de estar sin herir, acompañando, con palabras que reconcilian; en fin, todo lo que es Cadenas. Nacido en Barquisimeto el 8 de abril de 1930, tiene fama de hombre callado, pero es un conversador estupendo. Más que callado se trata en su caso, me parece, de eso que él mismo escribió sobre Rainer María Rilke:

Aunque irresistible en verdad

–dicen–

era el silencio que te circundaba

como otro aire.

–Cumple 90 años. ¿Significa eso algo para usted?

–Es un regalo de la naturaleza que agradezco mucho y todavía no sé qué voy a hacer con él, pero me asusta un poco pensar en el tiempo.

–¿Qué hay en el Rafael Cadenas de hoy del Rafael Cadenas de su niñez?

–Hoy trato de ver todo con frescura contemplativamente. De niño pasaba horas montado en los techos de tejas, acostado mirando las nubes, las otras casas, los árboles, vacío sin proponérmelo y lleno de lo que veía. Eso que sugieren algunos pensadores. En mi infancia jugué mucho de todo. Me encantaba subir a los árboles, y ya un poco mayor viajé mucho con mi padre por los pueblos de Lara. Otra influencia fue la de mi abuelo materno al que hoy llamo maestro zen porque me enseñaba a estar alerta, algo que aprendió en la guerra.

–¿En qué ha cambiado usted con el tiempo?

–Pasé muchos años políticamente activo. La dictadura de Delgado Chalbaud me expulsó de Lara, terminé el bachillerato en Valencia junto con Manuel Caballero. Después la de Pérez Jiménez me tuvo como cinco meses preso y me exiló a Trinidad, donde pasé cuatro años. Luego, en Venezuela, cuando se supo lo que en realidad fue el régimen comunista pude liberarme de esa atadura engañosa. Cuesta pensar que aún hay en el mundo personas que creen en eso. Algunos de los regímenes comunistas que todavía quedan son dinastías. Putin quiere rehacer el imperio zarista. Intelectuales europeos siguen estancados en los mismos temas del siglo XX: que si la izquierda, que si la derecha y la ultraderecha, que si el socialismo. Hasta cuándo. No se aprende. Desde hace 40 años, a partir de una crisis, leo pensadores para quienes la filosofía es más bien un camino a la sabiduría.

–¿Qué es para usted vivir?

–Ahora, siguiendo a mis mentores, valoro mucho la vida cotidiana, no creo que exista otra, pero además pienso que no hay nada insignificante. Una piedra es importante. No establezco diferencias. Walt Whitman dice: “no conozco nada que no sea milagro”. Eso resume lo que trato de decir. Pienso que la naturaleza lo hace todo, desde una brizna hasta un vehículo espacial. Hay una inteligencia superior a la nuestra puesto que nos ha hecho. Un científico puede fabricar una computadora, pero no una pequeña mata, un árbol, una flor, todo eso lo hace la tierra. Voy a escribir sobre todo esto. Lástima que no lo supe cuando tenía 20 o 30 años.

–¿Qué es para usted la poesía?

–Como la vida, está vinculada a todo lo anterior. La encuentro en la mañana cuando llevo sol, rayos de nuestra estrella, o veo a la gata a mi lado o azulejos en la ventana, o bellas mujeres en el automercado, o niños de tres o cuatro años que siempre me conmueven sobre todo cuando me miran o sonríen o me saludan. La poesía como escritura tiene que ver con el intelecto en el sentido antiguo de esta palabra, como traducción de nous, que tiene muchos significados, pero me gusta el de espíritu. Imagínate que el libro de términos griegos en filosofía le dedica dos páginas. Al cabo llegamos a lo que dicen los poetas: la poesía es indefinible como la existencia misma.

–De no haber sido profesor y poeta, ¿hay algún otro oficio al que le hubiera gustado dedicarse?

–Al de dibujante. Estuve en la Escuela de Arte de Barquisimeto. Allí fue mi primer contacto con los dioses griegos, y quien corregía los dibujos que hacíamos era Rafael Monasterios, pero me di cuenta de que no tenía condiciones para ello.

–Un escritor o un poeta sin el cual usted considere inconcebible su propia vida.

–Esa es una pregunta imposible para mí, pero sirve para percatarme de que durante años predominó el número más que el ahondar en las lecturas. Comencé a leer más seriamente a mi regreso de Trinidad, en 1956, pero tampoco me apruebo en ese período. Después de los 30 y tantos años mejoré como lector. De algo sí estoy seguro: me cautivan sobremanera las palabras, aunque distan mucho de la realidad. Esto se lo debo a la lectura de los grandes prosistas de nuestro idioma. La literatura que he frecuentado más asiduamente ha sido la española, desde Cervantes hasta hoy. Tuve que estudiar mucho cuando di clases en la Escuela de Letras.

–Un consejo para los jóvenes.

–A los jóvenes, que estudien nuestro idioma, pues está empobreciéndose mucho me dicen personas que están en contacto con ellos. Les recomiendo un libro que se titula Aprender a vivir, de Luc Ferry.

–Un mensaje para los venezolanos en medio de lo que estamos viviendo.

–A los adultos, que con ocasión de este encierro inesperado, lean bastante a buenos autores, sobre todo aquellos que sean tonificantes. (No me lean a mí). Canto a mí mismo, de Walt Whitman, Los libros en mi vida, de Henry Miller, los Ensayos de Montaigne, La ciudadela interior, de Pierre Hadot, Filosofía y mística, de Salvador Pániker y los libros de Fernando Savater son muy recomendables en estos días. En este momento le ha aparecido un enemigo invisible al mundo y aquí los venezolanos, además de cuidarse, deben pasar lo político a un segundo plano.

–Finalmente, la pregunta de Hölderlin: ¿para qué poetas en tiempos de penuria?

–Hölderlin conocía la indigencia (prefiero esta palabra a penuria) que afectaba al mundo y a eso contrapone la poesía, que según él vuelve sagrado todo. Esa palabra que a veces traducen como santo, lo cual me parece un error, porque él era religioso pero pagano. Lo divino estaba representado en él por los dioses griegos: “la luz, el éter, el mar, siguen dirigiéndose a los mortales en demanda de devoción”, dice José Miguel Mínguez en el prólogo de su traducción a Hölderin, y el no encontrarse respuesta, digo, es parte principal de esa indigencia.

Publicado en runrun.es

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