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Anis Cartujo
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Los repartidores venezolanos pedalean contra corriente

Foto: Ángela Bonadies

Por Nathalia Manzo

Por las calles vacías de Madrid, los riders trabajan en condiciones cada vez más precarias. Una de ellos cuenta cómo reparte pedidos para sobrevivir en la ciudad fantasma

El asombroso silencio que desde hace semanas se instaló en el centro de Madrid —producto de las medidas sanitarias de confinamiento para tratar de frenar la expansión explosiva del coronavirus— apenas se rompe por el sonido inquietante de las sirenas de una ambulancia o de un coche de la Policía Nacional. Y a las 8 de la noche en punto, claro, por los entusiastas aplausos, vivas, bravos y ánimo, dirigidos a los trabajadores de la salud, a las cajeras, al personal de limpieza y mantenimiento, que nos recuerdan lo inútil de nuestros temores, el coraje de ellos y nos devuelven la esperanza, ¿por qué no decirlo?, en la humanidad.

Pero hay otro sonido casi imperceptible a nuestros oídos y del cual sólo nos percatamos cuando salimos a hacer lo poco que está permitido: la compra de comida o medicina, el paseo de los perros o la asistencia a los escasos puestos de trabajo aún en vigor —con salvoconducto. Hablo de ese sonido sobre el asfalto que el viento atípico de estos días amplifica y que resalta lo que muchos no quieren ver ni escuchar: el de las ruedas de las bicis de los riders.

Riders que, como Wyatt, Billy y George, los tres personajes protagonistas de Easy Rider, emprenden diariamente una cruzada —por entre tres o cinco euros la hora—, para llegar con el pedido a nuestras casas; ya no por las reivindicaciones de una América estéril e inhumana, como los tres antihéroes de la película, sino por la sobrevivencia individual en una Europa que les voltea la cara, se lava las manos y al mismo tiempo los tortura: “Si no pedaleas, no comes”.

Riders x Derechos

La pandemia del Covid-19 ha dado un golpe muy duro al mercado laboral español y eleva la cifra de parados a 3,5 millones de personas. Lo que significa que España pierde 900.000 empleos por la crisis del coronavirus desde el inicio del estado de alarma. En el caso de los repartidores, acentúa aún más su ya precarizada situación, abriendo viejas heridas ante el desentendimiento de las propias plataformas de delivery y también del gobierno.

En un comunicado reciente, el colectivo Riders x Derechos informó sobre las dificultades a las que se exponen y las demandas que hacen tanto a las instituciones oficiales como a la ciudadanía: “Las plataformas como Deliveroo, Glovo o UberEats no proveen de ningún elemento de seguridad y no han implementado normas especiales (…). Anuncios como ‘entrega sin contacto’ acompañados de ‘envío gratis’ y ‘quédate en casa’ hacia los consumidores, no son protocolos de seguridad sino publicidad y promociones para atraer más clientes y compensar la caída generalizada de los pedidos”. También, ven con mucha preocupación que los repartidores sigan trabajando como falsos autónomos y cobren por encargos, lo que les lleva a estar muchísimas horas en la calle, porque si no reparten, no ganan nada. 

El tiempo que invierten esperando pedidos los expone a peligros que incluyen el no poder cumplir la distancia mínima recomendada por Sanidad, ya que tienen que amontonarse en pequeños grupos frente a las puertas de los pocos negocios de comida que aún continúan abiertos, en pleno estado de alarma.

Los riders en España son en su mayoría jóvenes, en un altísimo porcentaje profesionales y venezolanos, están en primera línea de riesgo y circulan unos con mascarillas procuradas por ellos mismos, otros al descubierto, móvil en mano y siempre o casi siempre —me consta, porque fui su colega por un tiempo— con una gran sonrisa que nos alegra la vida.

Buenos días, Alegría

Tiene 19 años, es venezolana, de Táchira y violinista. Hoy, desde su casa, nos cuenta sus periplos hasta llegar a Madrid y convertirse en rider de Glovo. Mira al futuro con esperanza y se llama Natalia, pero ahora la define más su segundo nombre. “Mi papá me cuenta que eligió ese nombre porque mi mamá no podía quedar embarazada. Y un buen día, cuando lo lograron, él sintió que sería una niña y que me llamaría ‘Alegría’, y así fue”.

Alegría fue parte de la Fundación del Estado para el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela y se formó como violinista en la Orquesta Sinfónica Regional del Táchira y en la Orquesta Típica del Táchira. Su paso por el Sistema, donde también enseñó violín a los más pequeños, le cambió la vida. “Estar en el Sistema fue una experiencia mágica. Para mí es como una gran familia, aunque también se mueve por intereses, pero ¿qué no en esta vida? Sin embargo, no espera nada a cambio de sus alumnos: te da y tú le devuelves. Por eso es un proyecto social fascinante”.

A pesar de ello, el país se le quedaba corto y emprendió un viaje de estudios a Suiza donde, con una beca, aprendió alemán, ganó amigos de todas partes del mundo y se atrevió a pedir asilo para poder quedarse en Europa y mudarse a Madrid. “La transición de Suiza a España fue todo un reto; estuve sola en varios aspectos, porque mi familia no me puede dar el apoyo económico que quisiera. Tengo solo dos meses en Madrid y lo vivo con alegría —a pesar del coronavirus—, haciéndole honor a mi nombre. Y aquí estoy”.

En Madrid ha tenido que abrirse camino como ha podido, mientras sigue viendo en la música una opción para vivir. No le teme al trabajo y tira para adelante, como dicen por aquí. “Trabajo en Glovo y también soy profesora de alemán en una academia de idiomas; a veces no es suficiente y hago comida para vender. También tengo proyectos de música que espero generen dinero en algún momento. El trabajo en Glovo tiene dos caras, una ventajosa y otra algo desesperante: crea incertidumbre económica para quien dependa solo de este ingreso, y a la vez puede ser un trabajo muy flexible y moldeable; por eso funciona más como un segundo trabajo. Pasamos largas horas de espera con los ojos pegados a la pantalla del celular sin poder hacer más nada que ver si te dan una hora de trabajo o algún pedido que hacer”.

La vulnerabilidad en las condiciones de trabajo de Alegría y el resto de los repartidores, así como los riesgos que enfrentan al seguir repartiendo paquetes y comida, sin protección alguna aún en tiempos de coronavirus, tendría que promover reformas laborales a corto plazo y, definitivamente, cambiar las condiciones de estas plataformas, que en algunas circunstancias incluyen discriminaciones. “En ocasiones sufrimos maltrato en nuestro entorno laboral  y rechazo en los restaurantes o locales —a veces por el simple hecho de buscar el pedido con un impermeable, un bolso o un casco. Además, nos roban si dejamos nuestras bicis amarradas para entregar un pedido. No contamos con un área de trabajo y tampoco podemos esperar dentro de los locales, por lo cual debemos estar siempre en la calle y, muchas veces, recibir reclamaciones por parte de la policía”.

Pero el miedo no está en los planes de Alegría, y a pesar de esta pausa, sigue enfrentando a la vida de frente. “Este virus nos ha ‘descontagiado’ de muchas cosas, y al planeta también. Son tiempos que se pueden aprovechar para evolucionar, la humanidad tiene mucho por aprender y este es un momento significativo para el aprendizaje. Aquí me viene a la mente ‘codo a codo’, la canción que Jorge Drexler compuso a propósito de esta contingencia del Covid19 y que me pareció muy asertiva. Sugiero que todos la escuchen”.

Alegría no piensa regresar a Venezuela por los momentos y aunque no cree en los amuletos, ha llevado consigo su violín hasta España, porque de alguna manera se lo regaló su país.

El confinamiento y los nuevos hábitos de consumo

Según una encuesta de la consultora Kantar a más de 30.000 personas en 50 países, el confinamiento ha cambiado de forma significativa los hábitos de consumo y ha disparado la compra de alimentos a través de internet, razón por la cual algunos supermercados han recurrido a las plataformas de delivery mediante asociaciones estratégicas como la que acaba de sellar Glovo con la cadena de Supermercados Día. 

Pero mientras tanto, la preocupación de los riders también sigue creciendo y se niegan a aceptar que forman parte de “servicios esenciales”, como lo decidió el gobierno español. Mientras sean vistos como parte de esa categoría, no solo tienen que trabajar sí o sí, sino que no pueden ampararse en las medidas de protección para los trabajadores o sus empleadores que existen en otros sectores. Sus voceros aseguran que lo que reparten principalmente estos días es comida rápida de cadenas como Burger King y KFC, que continúan haciéndolo sin medidas de protección y que se juegan la vida por una hamburguesa.

De nuevo, la americanísima Easy Rider nos recuerda que no solo de camino al carnaval de Mardi Gras, sobre dos ruedas, se puede cambiar el destino.

Y ánimo, que pronto serán las 8 de la noche.

Fuente: cinco8.com

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