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El preso de padre español que Maduro mantiene en la cárcel «como moneda de cambio» con Trump

Tomeu Vadell, hijo de mallorquín, pero nacionalizado estadounidense, permanece aislado por un presunto delito de traición a la patria y corrupción.

Tomeu Vadell, antes y después de su detención: izquierda, en 2015; derecha, 9 de enero de 2019.

A día de hoy el régimen de Maduro ya ha confirmado cuatro casos de Covid-19 en la siniestra prisión de El Helicoide. El confinamiento de sus residentes, junto con la mala situación física de la mayoría de ellos y la escasez de medios sanitarios, hacen prever que el número se dispare en breve.

Aunque sólo se conoce de manera extraoficial, entre sus presos se encuentra Tomeu Vadell, hijo de mallorquín, nacionalizado estadounidense y nacido en Venezuela.  El 19 de febrero debía ser transferido desde la vivienda en Caracas en la que cumplía arresto domiciliario para presentarse, por primera vez ante un tribunal, después de más dos años privado de libertad.

Nunca llegó. De manera extraoficial se sabe que el 5 de febrero –coincidiendo con la visita del presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, a la Casa Blanca- tanto él, como los otros cinco detenidos en la misma situación, fueron llevados por funcionarios del Servicio de Inteligencia (SEBIN) a la prisión del Helicoide.

En el caso de aquellos que cumplían arresto domiciliario con algún familiar, fueron sacados de los domicilios con la excusa de un chequeo médico. En cuanto a Tomeu Vadell, dado que en esos momentos estaba solo, es de suponer que no fue necesaria ninguna excusa para sacarlo de la casa.

42 días sin saber nada de él

Durante 42 días su familia no supo nada de él. El 18 de marzo le permitieron ponerse en contacto con su esposa pero no pudo decirle dónde se encontraba. Oficialmente, a día de hoy no se sabe dónde están. Según las leyes internacionales su situación es la “desaparecidos forzoso”. Nacida en Venezuela, como su hermano Tomeu, Silvia Vadell vive desde hace cerca de treinta años en Mallorca, en el mismo municipio del que emigró su padre en los años 50.

Me cuenta que la pesadilla empieza el 21 de noviembre de 2017, la víspera del día de Acción de Gracias. Junto con otros siete directivos estadounidenses de la refinería CITGO, propiedad de la empresa petrolífera estatal venezolana PDVSA es convocado a una reunión de urgencia en Caracas. Para asegurarse de que todos ellos llegan, les envían un avión de la empresa. La mala suerte hace que Tomeu Vadell decida viajar a pesar de la opinión contraria del médico que trata su problema de hipertensión.

En el momento de la reunión irrumpen miembros del SEBIN con el rostro cubierto por un pasamontañas y -como sabrán después-, les requisan los teléfonos móviles y el resto de pertenencias. Pero no a todos: el vicepresidente del área Legal y el de Finanzas son separados de los otros seis. El primero posteriormente dimite de su cargo y desaparece. En cuanto al vicepresidente de Finanzas, Calixto José Ortega Sánchez, vuelve a Houston, donde se mantiene en su puesto hasta que, en julio de 2018, es nombrado por Maduro presidente del Banco Central de Venezuela (BCV), cargo que desempeña en la actualidad.

Un muro de silencio

Al resto se les mantiene incomunicados durante 33 angustiosos días. Las familias de los seis permanecen en permanente contacto entre ellas a la espera de alguna noticia acerca de su situación o de su paradero pero se enfrentan a un muro de silencio o a las amenazas, por parte de CITGO de que se atengan a las consecuencias si siguen preguntando.

La espera termina en el momento en que se les comunica oficialmente el motivo de su detención: se les acusa de intentar refinanciar la deuda de la refinería CITGO poniendo a la empresa como aval. Al ser considerados todos venezolanos, a pesar de haber renunciado a su nacionalidad y ser actualmente estadounidenses, el delito es de traición a la Patria y corrupción. Como me dirá su hermana, existe documentación oficial firmada por la vicepresidencia del Gobierno venezolano datada en junio de 2017 en la que se da el visto bueno a las negociaciones de la deuda.

En el caso de Tomeu Vadell, además, no forma parte de la Junta Directiva en la que se toman este tipo de decisiones. Pero estamos hablando de CITGO, actualmente en el centro de la batalla entre el régimen de Maduro y la administración Trump. De ahí que la situación de los detenidos tenga poco que ver con la lógica jurídica. En cualquier caso, una vez formulada la acusación se sabe que desde el primer momento son llevados a la Dirección General de Contrainteligencia Militar, una cárcel destinada a miembros de las Fuerzas Armadas. Allí permanecen durante casi dos años, confinados en unos calabozos que conforme se producen levantamientos en los que participan militares, están cada vez más y más llenos.

«Superviviente del holocausto»

Las condiciones en las que viven son muy duras. Además de las privaciones imaginables de cualquier prisión venezolana, deben permanecer las 24 horas del día con luz artificial y sólo se les permite ver la luz del sol durante quince minutos una sola vez al mes.

Tras la acusación formal se les permiten las visitas pero sólo a los familiares que residen en Venezuela. Al carecer de ellos, Tomeu Vadell no recibe su primera visita hasta julio de 2018 –ocho meses después de su detención-. Se trata de su esposa Denise, de nacionalidad ecuatoriana.

“Ha sido el preso que ha estado más tiempo sin visitas –me dice Silvia-. En el trayecto hacia la sala de visitas, los presos le aplaudían y le echaban agua bendita». Me comenta también que su esposa no lo reconoció: con treinta kilos menos y el rostro demacrado, ese hombre con el uniforme verde oscuro que le decía «Denise, soy yo», parecía la sombra del hombre que partió hacia Venezuela ocho meses antes. Según las palabras de Denise, “Tomeu parecía un superviviente del Holocausto”.

Después de esta primera visita, realizará aún dos más (en abril y en agosto de 2019), sin embargo es el propio Tomeu quien le pide que no vuelva por el riesgo que corre cada vez que entra en el país.

Privilegios de ida y vuelta

Durante los dos años siguientes se les permite llamar por teléfono dos veces por semana. Pero del mismo modo que se les da este privilegio, se les quita. Sus carceleros saben bien el efecto que los privilegios de ida y vuelta tienen en el estado de ánimo de los detenidos.

Dado que Tomeu está solo en Venezuela, las autoridades acceden a que una persona contratada por la familia le lleve comida y medicación y también algún libro. Lo primero no siempre llega: es tal el estado de necesidad de toda la población que hasta su hermana entiende que de vez en cuando esa comida y esas medicinas acaben en manos de sus carceleros.

Durante esos dos años en la cárcel militar, los abogados de los llamados “seis de CITGO” intentan negociar con las autoridades sin que el tema trascienda a la opinión pública para evitar que esas negociaciones se vayan al traste. Sin embargo, hasta 20 veces se pospone la vista preliminar del juicio.

Arresto domiciliario

El 9 de diciembre de 2019, cuando habían transcurrido más de dos años desde la detención, Tomeu Vadell y el resto de los directivos de CITGO pasan a arresto domiciliario. “Tomeu se alojó en casa de un amigo de la infancia pero la situación era muy incómoda para la familia y para los vecinos. Tenían que toparse continuamente con los agentes del SEBIN, como si ellos estuviesen también bajo arresto o fuesen sospechosos de algo –me cuenta Silvia- Los vecinos se quejaron por las molestias que les causaba la presencia de Tomeu en el edificio y éste tuvo que suplicarles que tuvieran paciencia mientras se intentaba alquilar un anexo a una casa”.
Durante el arresto domiciliario les permiten disponer de un teléfono móvil y realizar llamadas e incluso videollamadas. La familia lo ve tranquilo y algo mejor que cuando estaba en la cárcel.

Tomeu se alojó en casa de un amigo pero la situación era muy incómoda para la familia y para los vecinos. Tenían que toparse continuamente con los agentes del SEBIN, como si ellos estuviesen también bajo arresto o fuesen sospechosos de algo

El día 24 de diciembre consiguen comunicarse por videollamada. Es una Nochebuena atípica, pero un poco menos dura que la de los dos años anteriores porque aunque sea a distancia, esta vez pueden ver su imagen y oír su voz durante unos minutos. En el caso de la videollamada a su hermana Silvia, toda su familia de Mallorca se reúne para desearle lo mejor en esa tercera Navidad, de nuevo privado de libertad y de la compañía de los suyos.

El 18 de enero les requisan a todos y sin previo aviso el teléfono móvil. El 5 de febrero desaparecen de su domicilio. Desde el 19 de febrero en que debían haberse presentado en el tribunal para una primera audiencia a la que nunca llegaron, no se sabe nada de ellos de manera oficial.

«Son moneda de cambio»

Le pregunto a Silvia el porqué de ese ensañamiento del gobierno de Maduro con Tomeu y el resto de detenidos. La clave –me dice- está en PDVESA y la importancia que tiene para los militares. “Ahora mismo mi hermano y el resto son una moneda de cambio en el tema de las sanciones económicas de EEUU hacia el régimen de Maduro. Al fin y al cabo, son ciudadanos estadounidenses”.

“En todo este tiempo dilatando el juicio –añade- sólo se ha pretendido ganar tiempo” En este caso para forzar a Trump a revertir la situación y volver a poner en manos del régimen los beneficios de la empresa de refinería CITGO, en suelo norteamericano.

El próximo 18 de agosto Tomeu Vadell cumplirá 61 años. Tanto a su hermana como a su esposa y a sus dos hijas les preocupa, sobre todo su salud “tiene una condición médica precaria, hipertensión, sumándose la existencia a nivel mundial del coronavirus que causaría estragos en un país sin recursos y una población tan necesitada” me dice Silvia.

“¿Sí tenemos esperanza? Del mismo modo que fue arbitraria su detención, puede serlo su puesta en libertad. En cualquier caso, nada tendrá que ver con ninguna cuestión legal, pero necesitamos que el gobierno de los EEUU haga algo y que también las autoridades españolas e internacionales nos ayuden”.

Fuente elespañol.com


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