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«La diosa de agua» de Juan Carlos Méndez Guédez en librerías españolas el 19 de febrero

Por Karen Lentini Gómez

El escritor Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967) expone algunos detalles sobre su libro La diosa de agua, publicado por la editorial española Páginas de Espuma. Una combinación de narraciones donde conviven relatos bíblicos, leyendas y mitos a partir de la historia de María Lionza.

En general, se relaciona equívocamente a María Lionza con aspectos oscuros, magia negra, sacrificios de animales. Siendo constante en tu obra –Las siete fuentes, La ola detenida y especialmente en La diosa de agua–: ¿consideras que es una historia que se puede equiparar a las leyendas irlandesas, asturianas o nórdicas? ¿Forma parte de una mitología venezolana?

Por supuesto. Es un mito hermoso. Un mito central, porque pervive dentro de él la fuerza de la naturaleza, de lo sagrado, de la fertilidad, de la lucha entre la creación de la vida y la destrucción devoradora.

El trasfondo de esta historia escuchada y vivida en mi infancia ha marcado mi existencia y la de millones de personas en Venezuela. La mujer que se transforma en diosa después de vencer a una serpiente y que desde ese momento nos cuida y protege desde lo alto de una montaña es una imagen muy poderosa.

Obvio que para las religiones tradicionales se trata de una figura perturbadora. Una religiosidad que tiene como deidad máxima a una mujer, y que también incluye dioses o espíritus que viven en la naturaleza, no puede ser digerible para quienes promueven la idea de un dios único y masculino.

Pero conozco de primera mano el espiritismo marialioncero. No incluye magia negra y tiene expresamente prohibido el sacrificio de animales. Quien desde el culto a María Lionza haga rituales que incluyan el sufrimiento animal es un farsante. Recuerdo que cuando subía a la montaña de Sorte me insistían en que tuviese cuidado de no pisar a las hormigas del camino; y además me repetían constantemente una leyenda: en Sorte los animales salvajes se acercaban sin miedo a las personas porque allí nadie sería capaz de dañarlos.

Por eso me fascina la figura de María Lionza. Una diosa exuberante, mestiza, una diosa sensual, dulce, que evoca las diosas blancas de las que hablaba Robert Graves. ¿No es fascinante que grupos de campesinos humildes en Venezuela hayan soñado o experimentado o descubierto una religiosidad que recuerda cultos desaparecidos hace más de dos mil cuatrocientos años?

El caso es que quise escribir este libro porque estoy convencido de que en muchos lectores, independientemente de su conocimiento de la realidad venezolana, habita una diosa de agua que promueve la concordia, la lucha contra las energías oscuras y el gusto por el misterio y lo indescifrable.

Octavio Paz decía que la vocación de escritor era un misterio que tiene que ver con la infancia: ¿La diosa de agua es un instrumento de ordenamiento a través de la palabra en una geografía y lenguaje familiar para manifestar inquietudes y preocupaciones? ¿María Lionza es una excusa para crear?

Por supuesto que escribir La diosa de agua ha sido un modo de reescribir mi infancia, de reordenarla. Por otro lado, escribir es buscar el libro que no hemos podido leer, y en este caso se trata de una religiosidad sostenida esencialmente en la oralidad de sus historias. Hay muy poco escrito sobre María Lionza y su mundo. Cierto es que existe una obra de teatro de Ida Gramcko; un texto precioso de Yolanda Pantin titulado El hueso pélvico; poemas de Eliseo Jiménez Sierra y de José Parra; pequeñas referencias en ficciones venezolanas; pero yo no he encontrado un cuerpo ficcional extenso en torno a ella. María Lionza era un mundo por revivir y por escribir.

¿Por qué existe tan poca literatura en torno a la diosa central del imaginario venezolano?

Quizá porque se trata de una religiosidad con una mujer como deidad máxima que además está asociada a la gente pobre, al mundo rural. Tal vez los prejuicios han provocado ese relativo silencio. Pero yo crecí en zonas humildes, soy nieto de campesinos, y esencialmente fui criado y cuidado por unas veinte mujeres, entre mi madre, mis tías, mis primas. Yo me siento capaz de recibir con indiferencia ese desprecio de quienes miran a este bello mito con ojos de fanatismo inquisitorial o con ojos clasistas. La belleza siempre debe imponerse a los prejuicios. «Es la belleza verdad, y la verdad es belleza», dijo Keats.

Por otro lado, al trabajar con un material mítico, cargado de referencias fantásticas, imaginé que mi propia escritura sufriría una transformación. Los cuentos que saldrían de mi trabajo tendrían otra forma, quizá menos canónica, quizá menos estable. Era un reto seductor.

En estos cuentos existe cierta similitud con el escritor Reinaldo Arenas, en el que se percibe una dicotomía de lo real y lo fantástico. Volviendo a la infancia, ¿coincides con él en la siguiente afirmación?: «Desde el punto de vista de la escritura, apenas hubo influencia literaria en mi infancia; pero desde el punto de vista mágico, desde el punto de vista del misterio, que es imprescindible para toda formación, mi infancia fue el momento más literario de mi vida».

Me encanta que encuentres esa conexión. Arenas es un autor magnífico, de voz muy propia, alguien que fue devorado por el poder totalitario de la Cuba castrista y que sin embargo escribió, escribió, escribió. No se rindió nunca.

El caso es que sí, mi infancia tuvo una vertiente muy literaria, mágica. Yo vivía en Caracas pero pasaba mucho tiempo en Barquisimeto. Caracas era un mundo racional, citadino, cosmopolita, pero en Barquisimeto la mente de muchas personas conservaba un trasfondo rural lleno de apariciones, fantasmas, espíritus, brujas, explicaciones mágicas de la realidad. Yo me integraba perfectamente en ambas realidades.

Hay una parte de mi infancia que sólo puede contarse en clave mítica y fantástica. Lo que sí es cierto es que desde una perspectiva literaria no me bastaba con la tradición oral de esas historias que escuché de niño o con la tradición latinoamericana más o menos acotada en las universidades del mundo. Si algo caracteriza a lo venezolano es su pasión por la mezcla, por la mixtura. Así que mientras escribía me daba cuenta de que mis cuentos dialogaban con la Epopeya de Gilgamesh, con el Pentamerón de Basile, con mitos wayús, con mitos pemones, con mitos guaraníes, con mitos aztecas, con el Popol Vuh, con Las mil y una noches, con el Auto de los Reyes Magos, con las leyendas de Tulio Febres Cordero. Mis cuentos también se alimentaban de esas historias, las retorcían, las transfiguraban. Y claro, un modelo fundamental para comenzar este proyecto era la Biblia; pero intervenida, alterada, modificada.

Digamos entonces que trabajé bajo el dictado de uno de los versos más bellos de Eugenio Montejo, un verso que dice: «Vuelve a tus dioses profundos». Y también debo confesarte otra deuda: es el bellísimo título de Xuan Bello: Hestoria universal de Paniceiros, un libro en el que una aldea asturiana se convierte en el centro del mundo. Leer ese volumen me hizo reflexionar, ¿por qué en mi escritura, los pueblos de mi infancia no pueden ser el centro del cosmos? ¿Por qué no puede suceder allí, aparte del surgimiento de María Lionza, el diluvio universal, la crucifixión de Jesús, el robo del fuego, la derrota de los seres humanos al intentar vencer a la muerte o el nacimiento del universo en un grano de maíz?

Así aquellos nombres que para mí eran comunes se convirtieron en palabras mágicas; no sólo Sorte, sino también Guarico, Quíbor, Siquisique, Humocaro, Carora y la propia Barquisimeto.

En La diosa de agua se manifiesta la preocupación social y política característica de tu obra pero se asoma de forma velada a través del simbolismo. Están presentes gran variedad de seres imaginarios, héroes, sombras; se mezcla la naturaleza, lo sagrado, la realidad y la fantasía; en ocasiones en un lenguaje erótico, no explícito, metafísico. ¿Es una alabanza a lo femenino, a la naturaleza en ebullición?

No sé si se pueda hablar de alabanza hacia lo femenino, pero en todo caso hay una presencia constante de esa energía, de esa sinuosidad que desde mis ojos de hombre percibo con felicidad y asombro.

Mira, en mi infancia en Venezuela, la figura del padre y del hombre en general era muy borrosa dentro de las casas. En el XIX los hombres se iban a las guerras que cada tanto propiciaban nuestros forajidos militares, y en el XX los hombres continuaban en sus batallas de poder o en las barras de los bares, mientras las mujeres sostenían el mundo de la intimidad. En aquel mundo de mujeres abandonadas y naturaleza desbordante, ¿cómo no iba a ser lógico que la diosa central fuese una mujer como María Lionza?

En cuanto a las preocupaciones sociales y políticas que insinúas en tu pregunta, pues debo admitir que sí están presentes de manera sutil. El mundo que describo en este libro de cuentos es un mundo regido por una diosa de la fertilidad, en el que de repente irrumpen personajes siniestros que no vienen a compartir el espacio sino a invadirlo, a conquistarlo con un discurso de muerte, saqueo, destrucción y sangre. Quizá sea posible ver allí una metáfora de la Venezuela actual, un lugar donde la idea de las cosechas, del trabajo, de la fertilidad y la relación con la naturaleza ha sido sustituida por una idea militarista de poder, de arrasamiento, de masculinidad destructiva y heroica. En este momento de 2019 Venezuela está gobernada por delincuentes que jamás pensarán en sembrar un árbol y que sólo conocen el lenguaje de los disparos, de las tanquetas, de la tortura, del asesinato, del robo. Así que no puedo evitar subrayarte un hecho poético y triste que sucedió en 2004: en ese año la estatua de María Lionza que se encuentra en Caracas se partió en dos pedazos. Por supuesto que existen las explicaciones científicas para tal hecho, pero yo quiero subrayar una lectura mágica: frente al dolor, a la maldad, a la miseria, al cinismo, al baño de hambre y muerte que estaba desarrollando la dictadura venezolana, la imagen de María Lionza se rebeló de la única manera que estaba a su alcance: se rompió en dos pedazos, nos reveló la herida profunda en que nos estaban convirtiendo. Allí nos rompimos todos. Allí quedamos fracturados. Quizá el momento de la reconstrucción sea el momento en que de nuevo sintamos dentro de nosotros la fuerza mítica y unida de la diosa: la creatividad, el poder fertilizante de las aguas, el respeto por la vida, el rechazo del mal que representan las serpientes que exigen sacrificios humanos para saciarse.

Un relato que destaca es “Mujer desnuda cuenta la historia de Yaracuy y Yarabí”. ¿Podrías adelantar algo sobre su estructura poética? Por otro lado, “Sol y Luna” es una narración construida con base en dos historias, con dos inicios. Se puede leer simultáneamente como el capítulo 34 de Rayuela, de Cortázar, o por separado. ¿Por qué lo has concebido de esta manera?

Como te decía, el material con que estaba trabajando me exigía un tipo de escritura menos canónica. En uno de esos relatos la voz surgió con las pausas y la respiración de un poema. Yo no escribo poesía desde el año 91 y por suerte han desaparecido mis pequeños intentos en ese género, pero aquí me conquistó la nostalgia de una escritura lírica, armada con la musicalidad del verso libre. En cuanto al otro cuento que citas, allí confluyen dos planos: uno mítico y uno muy realista: el origen del mundo y la presencia de un escritor al que la policía le exige sus documentos, pues resulta sospechoso que se encuentre leyendo un libro en la puerta de un evento cultural. Ambos bloques tienen relación y a la vez son autónomos. Y sí, me gusta lo que propone tu lectura: pueden leerse de corrido o fijándose tan sólo en uno de los bloques y luego sumarlos. Ese es el sueño de todo escritor: lectores que lo reinventen.

Y claro, espero que algo similar ocurra con los otros cuentos de este volumen.

Te confieso que fui feliz escribiendo este libro tan distinto a mis títulos anteriores. Escribir es lanzarse retos temerarios, romperse la cabeza contra la realidad. Mira, hay un antiquísimo poema babilónico: el Enûma elish, en el que se escenifica la sustitución violenta de una diosa madre por un dios padre. De algún modo, en ese poema escrito hace miles de años muere la diosa que crea a los otros dioses y surge el mundo que conocemos en la actualidad, regido por un dios masculino que ejerce su fiero e incontestable poder sobre la real. Pues yo he intentado con mi libro de cuentos dar la bienvenida al retorno de la diosa, la diosa de agua, la diosa que después de miles de años ha regresado transformada entre nosotros.

Explícanos que representa el número 7 constantemente repetido en tus libros.

En el espiritismo marialioncero existe una figura especial: la materia. Materia es la persona que recibe en su cuerpo los espíritus que vienen a dar mensajes a las personas. Cuando esto ocurre y la materia «se transporta» cambia su voz, su gestualidad, su biografía. Yo alguna vez quise ser «materia», pero me faltó constancia, entrega y sobre todo fe; no encajo mucho en los rigores religiosos aunque me fascina la idea de lo sagrado. Así que pienso la escritura como un modo de recordar ese proceso en el que alguien presta su cuerpo para que resuenen otras voces. Por lo tanto, hay elementos en este libro (y quizá de otros) de los que no te puedo dar una respuesta racional o académica.

Me encantaría tener explicaciones cabalísticas sobre el siete, pero trabajo con intuiciones. Para mí el siete es un número que atrae la belleza. También hace poco, mientras corregía de nuevo los cuentos de La diosa de agua, descubrí que Sorte, la montaña sagrada, aparece mencionada trece veces. Además, me doy cuenta de que son trece cuentos los que conforman este volumen. Es un número que despierta polémica, pero que a mí me parece muy bello y que en realidad es un número de la sabiduría y la buena fortuna.

¿Una frase que se parezca a lo que piensas sobre la literatura venezolana?

El esfuerzo por recuperar la palabra serena y transparente que nos ha robado la barbarie:

… Y el sol los iluminaba a todos y la luna los arrullaba.

Pero la luna y el sol siempre se miraban de reojo, unos segundos apenas; poco, muy poco, y una mañana el sol dejó caer sobre la tierra un trozo de sí mismo, un trozo pequeñísimo, un punto amarillo que era un grano de maíz amarillo que la luna contempló esa noche cuando comprendió que era un mensaje amoroso que el sol le enviaba. Y por eso a su vez, la luna dejó caer un pequeñísimo trozo de sí misma, y era un grano de maíz blanco que quedó junto al otro grano. Y con el paso de los días, el sol daba calor y la luna frío, y los dos granos germinaron y se volvieron un arbusto extraño que no era arbusto, porque una noche las ramas no fueron ramas sino brazos, y las raíces no fueron raíces sino piernas, y así surgió la primera mujer, una mujer desnuda, muy desnuda, cuya piel tenía el dulce olor del maíz…

(Fragmento de La diosa de agua)

Entrevista publicada en Prodavinci el 26/10/2019

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