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Leonardo Padrón: «Muchas veces el poeta juega a internarse en ciertos bosques sin saber ni siquiera si hay regreso».

Foto: Manuel Sarda

Por Karen Lentini Gómez

Leonardo Padrón una voz reconocida por los venezolanos, ha traspasado sus corazones no solo con las telenovelas sino en la indagación de la memoria a través de sus entrevistas, crónicas artículos y cuentos. Porque su lenguaje poético no se resiste a ningún continente: auditivo, visual o escrito hace que me pregunte:

¿Qué tiene que ver Leonardo Padrón con este epígrafe de su libro Contracanto Poesía reunida (1979-2011)?

«Las palabras que no logro inventar son las que me explican» Guillermo Sucre

Nunca he olvidado una frase que Juan Sánchez Peláez me decía con obsesiva frecuencia: «La poesía está llena de actos fallidos». La suscribo milimétricamente. El acto poético se nutre de su propio fracaso. Decirse a través del poema es una expedición de la que vas a volver muchas veces con las manos vacías o rotas. Nos obligamos a la persistencia porque no hay más remedio. Uno escarba las palabras, las convoca, las reúne, las obliga a rozarse, a que se olisqueen, se froten, procurando el destello, la revelación, el «hongo fosforescente» -para decirlo en palabras de Margaret Atwood- pero todo aquello que queda al lado del poema, como escombro, ese sustantivo derrotado, aquel adjetivo chamuscado, ese silencio enorme, dice más de nosotros que lo que termina triunfando sobre la página blanca.

¿Crees que esa conexión con la poesía es lo que ha permeado tu palabra, lo que seduce, aquello que se plasma en todo lo que escribes? ¿Eso que atrae inconscientemente a tus seguidores? 

No me corresponde a mí hacer esa valoración. No soy el mejor lector de mí mismo. Estoy demasiado contaminado con mis miedos y pretensiones. Cada escritura tiene sus correspondencias.  Cada voz tiene su audiencia, por más amplia o minúscula que sea.  Pero, sin duda, todos los registros escriturales que he asumido parten de un solo embrión: mi forma de leer el mundo, que es -esencialmente-  desde el asombro poético. Hay una misma mirada con la que me acerco al acontecimiento de vivir, en sus eventos, sean fabulosos o cotidianos, terribles o leves. Y esa aproximación, ese estupor, va siempre sacudido por la metralla de lo poético. Supongo que eso termina entintando mi voz, urdiendo –aun de forma inconsciente- un estilo, no importa si es una crónica, un artículo periodístico, un guión de televisión o un poema. Escribo como veo.

Armando Rojas Guardia afirma en el prólogo de Contracanto «la elocuencia es la maestría de la persuasión y en la poesía esa persuasión invade a quien la lee o la escucha» ¿Cómo se puede persuadir a una persona que no lee poesía o que cree no entenderla? ¿Podrías describirnos el poder de la imagen?

Recuerdo que durante los años que dirigí un taller de poesía en la Universidad Católica Andrés Bello uno de mis afanes era que los estudiantes descubrieran la gran poesía que se ha hecho en el país. Procuraba entonces sacudirles la modorra o el prejuicio con imágenes deslumbrantes. Esas donde el lenguaje adquiere nivel de diamante. Y les dejaba caer versos de Ramos Sucre, de Gerbasi, de Sánchez Peláez, de Palomares, de Cadenas.  Y veía cómo los ojos les tintineaban de asombro. Tú dices, con Vicente Gerbasi, «Lentamente fui despertando en una luz de conejos» y algo ocurre en ti, cierto estremecimiento recorre tus tímpanos, así no termines de entender del todo la metáfora. O cuando Enriqueta Arvelo Larriva dice: «Toda la mañana ha hablado el viento una lengua extraordinaria». Aristóteles decía que toda metáfora genera un extraño placer pues hace que la mente se experimente a sí misma a través de ese sobresalto del lenguaje cotidiano.  Anne Carson escribe: «Los pingüinos se tambalean igual que dados sorprendidos» y la imagen es tan exacta y poderosa que recibes el corrientazo de la belleza. No hay mejor manera de ilustrar la soledad ontológica de los seres humanos que ese verso de Vallejo que dice: «Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave».  Si quieres acercar a alguien a la fascinación por la poesía, lánzale los mejores misiles que consigas. Te aseguro que algo se modificará en su percepción.

En Contracanto hay una exaltación no solo de la mujer, o la ciudad. También está presente, la vida, el desgarro, la nostalgia, la violencia, el amor tóxico, el vertedero, el hospital, el odio lírico; conceptos convertidos en imágenes estimulantes y perceptibles. Aspectos y espacios aparentemente triviales y antagónicos transformados en composición rítmica. Leyéndote haces que parezca hermoso hasta un basurero, hechizas con tu retórica. ¿Existe poesía en todo? ¿En qué se diferencia hacer versos sobre una mujer y un basurero? 

Una de las grandes enseñanzas de Baudelaire fue demostrarnos que hasta la carroña es materia poética. Más de una vez he contado cómo llegar a un libro como Poeta en Nueva York de Lorca fue un evento crucial en mi propia escritura. La fascinación ante el vértigo de una metrópolis como Manhattan lo obligó a violentar su propio equipaje poético para poder contarla en su más cercana dimensión. Se llenó entonces de metáforas delirantes, surrealistas, caóticas como el caos que quería contar. Así entendí que la urbe es un fenómeno estético, y con ella todo lo que está en su vientre, en sus vertebras, en su asfalto, en sus esquinas, tan llenas de humo y cansancio. Un terreno baldío, manchado de orín y plástico, te habla mucho  de nuestras pequeñas derrotas. Solo tienes que detener un poco más la mirada. Y quizás -te advierto- sea más fácil poetizar un basurero que a una mujer, pues lo femenino ha sido tan expuesto a la tinta del poema a través de la historia de la literatura que es muy fácil naufragar en el lugar común.

Algo que ha llamado mi atención es la reiterada presencia en tus poemas de la lluvia, el exilio y las ventanas. Al leerlas, en mi se ha desplegado un mapa mental y emocional que las conecta. ¿Cuando las menciono las percibes como conceptos separados entre sí, te evocan un sentimiento que las relaciona?

Al mundo te asomas a través de una primera ventana que son tus ojos. Pero sí, en rigor, me asombra todo lo que cabe en una ventana: una ciudad entera, tu soledad, los adioses y la lluvia, por supuesto. En cada mudanza que he tenido –que han sido ya demasiadas- lo primero que hago para seleccionar el lugar a elegir es caminar en línea recta hacia las ventanas que posee. Y allí me quedo, viendo lo que en ella cabe. Me importa más que el tamaño de las habitaciones o la disposición de la cocina. La lluvia que mencionas es esa desazón interior que nunca escampa. Es la escritura líquida de mi propia intemperie. Y ya que nombras el exilio, vaya ironía, siempre nombré al otro, al que ocurre aguas adentro. Y ahora heme aquí, en la plaza pública del exilio, como casi seis millones de venezolanos.

Has afirmado que en el cine, el autor es solo el punto de partida, el texto pierde líneas o escenas que cuesta mucho dinero realizar ¿Qué determina si una línea es importante o se puede omitir en un poema? ¿Recuerdas algún verso que te gustara especialmente y del que hayas tenido que prescindir?

Creo que nada me entona más que la reescritura del poema, que es- en esencia- el verdadero momento de la escritura. Escribir es reescribir. Al principio arrojas manchas de texto en el papel y luego te toca suprimir, depurar, tallar, repujar, mover a un lado y a otro, tratando de que el verso consiga su traje y lugar perfecto o que decrete su propia extinción.  Paúl Valery decía que los poemas no se terminan, se abandonan. Lidias con ellos hasta que, agotados, te exigen que los dejes en paz.  Y si hablamos de versos que haya tenido que arrojar a la basura, aún teniéndoles cierto afecto, hablamos de toneladas. No hay memoria para tal desmesura.

En Contracanto hay poemas sin título, otros donde los títulos parecen aludir claramente lo que vamos a encontrar, y algunos donde hay que escarbar para comprender su designación ¿De qué manera decides si el poema debe o no nombrarse,  y con qué palabras?

Es un proceso signado por el misterio. A veces los poemas escriben ellos mismos su forma de llamarse. A veces la nitidez es la mejor opción. Y hay ocasiones en que no encuentro una palabra o expresión que resuma la intención del texto. En este último caso, he entendido que el poema ocurrió sin razón aparente. Allí hubo una transacción invisible entre la mente y el lenguaje que escapa a mi comprensión.  Muchas veces el poeta juega a internarse en ciertos bosques sin saber ni siquiera si hay regreso. Y vuelve entonces con ciertas piedras extrañas, brillantes pero extrañas. No hubo razón consciente para elegirlas, pero se quedaron en tus manos. ¿Cómo reducir a un título esa perplejidad?

«Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar, y, además reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.» Alejandra Pizarnik

¿Leonardo Padrón ha reparado sus heridas a través de la poesía «originando el misterio de una frase perfecta»?

Coincido con Alejandra Pizarnik. A mí la poesía me ha salvado no pocas veces. Es alquimia pura. Convierte las heridas en cicatrices que pueden llegar a ser incluso espléndidas. Presumo que mucho tiene que ver el largo trajinar que debe experimentar el poeta con esa emoción hasta convertirla en una materia distinta. Es un duelo metafísico, a través del lenguaje, con tu propio estremecimiento. Y entonces, llega un momento en que estás más vigilante del triunfo del conjuro, a través de la técnica, que de la propia desgarradura. A fin de cuentas, como dice la Pizarnik, «todos estamos heridos».

«El exilio siempre es un adjetivo doloroso» ¿Leonardo Padrón ha encontrado un país?

No estoy buscando uno distinto a Venezuela. Es mi geografía interior. No es solo un inventario de playas fantásticas y tepuyes sobrenaturales. Tampoco un evento nostálgico. Buena parte de lo que soy lo designa mi experiencia con el país donde nací y me formé, donde mi imaginación se construyó, donde conocí el amor y el desamor, la madurez y la muerte, los hijos y la poesía. Claro, la vida siempre existe en otra parte. Y ahora la mía ocurre en esa isla de remolinos y hallazgos que es el exilio. Con todas las complicaciones y desafíos que entraña. Pero toca persistir. La búsqueda de ese país y su conquista implica el concurso de treinta millones de almas. No es poca cosa.

Una frase que se parezca a lo que piensas de la literatura venezolana.

La literatura venezolana es una zona de fulgores insospechados.

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