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Miguel Gomes: «Trato de regresar físicamente a quienes todavía andan en este mundo mientras todavía ando en él.»

Foto: Ana Mercedes Rodríguez de Plaza

Por Karen Lentini Gómez

El escritor venezolano Miguel Gomes conversa sobre Retrato de un caballero, una historia coloreada con la idiosincrasia venezolana, que cautiva hasta hacernos llorar de risa; una voz con un sutil doble sentido que recuerda el Siglo de Oro y con una clara alusión a la Divina Comedia.  

El tema político es el marco de la historia, no el núcleo. ¿Es una comedia satírica sobre el desarraigo? ¿Un retrato alentador de la migración?

Es la historia de Lucio Cavaliero, un escritor italovenezolano, un poco impertinente, con buen sentido del humor, muy leído ―quizá excesivamente―, con rasgos de adolescente eterno, que decide instalarse en Nueva York y desde allí tratar de tener la calma necesaria para escribir… pero que nunca parece obtenerla, sea porque las noticias de Venezuela son cada vez peores, sea porque las relaciones con su propia familia no han sido las mejores o sea porque su inmadurez en el trato con otros seres humanos también complica lo que podría ser sencillo. El carácter de Lucio se altera, sin embargo; se replantea sus horizontes y va adquiriendo cierta melancolía necesaria para madurar: Venezuela es parte de esa tristeza formadora. El cambio más importante en la vida del personaje es descubrir que aunque ciertos lugares no te permiten arraigar en ellos, puedes y debes aprender a arraigar en las personas.

Es tu primera novela y siempre es complicado dibujar un panorama de relaciones entre personajes y ciudades y más donde hay cuatro escenarios. ¿Cómo es el proceso de escritura de un cuentista para alejarse de la tentación de la síntesis del cuento?

Cuando escribo narrativa ―tengo la impresión de haber pasado por todo el espectro: microcuento, cuento, noveleta, novela―, ni siquiera me paro a pensar cuál es el género exacto. Mi primera obligación es contar la historia que viene a mí por diversos procesos irracionales: puede ser un sueño de la noche anterior; una frase oída en la radio que comienza a obsesionarme; estoy leyendo un poema y lo malinterpreto, luego lo releo y me doy cuenta de que las palabras que había creído ver estaban en mi cabeza, no en el texto, y allí tengo las primeras líneas de una anécdota que sigue armándose… El origen de Retrato de un caballero fue una voz que empecé a oír: la voz del personaje central. Sucedía cuando manejaba en la carretera, solo, escuchando música; o cuando salía a caminar cada mañana; o cuando cortaba la hierba del jardín de mi casa. La voz me decía cosas irritantes al principio, criticaba a personas que conozco y lo hacía de una manera antipática; era como uno de esos amigos que uno tiene y sabe que es un esnob, lo escuchas, te ríes, y luego te cansas de él… pero al día siguiente estás tentado a llamarlo de nuevo porque, en el fondo, cuando te divierte lo hace muchísimo. Y luego quieres colgarle el teléfono de nuevo, porque ya no lo aguantas. Con el paso de los días, ese amigo imaginario fue evolucionando: tenía momentos también de empatía absoluta con ciertas personas y, pese a su actitud un poco infantil con respecto a las relaciones sexuales, descubría que era capaz de enamorarse. Fui escribiendo. Fui comprendiendo que esa historia no podía contarse de manera continua, sino que debía tener discontinuidades, cierta cualidad fragmentaria, porque la unidad psicológica es una ilusión: somos continuamente «otro», nuestro tono cambia. Surgió la necesidad de retratar el personaje no en un solo cuadro, sino en un tríptico: tres paneles independientes con un narrador protagonista en común. ¿Es una novela?, me preguntaba mientras escribía… y no lo sabía. Pero era la única manera que sentía apropiada para narrar la historia de Lucio. Lucio tiene su riña personal con el género novela ―ese es el tema del primer panel, aunque se traduce en términos anatómicos: hay algo psicológicamente priápico en las ambiciones de escribir la «gran» novela― y por eso él mismo, que es escritor, decide fragmentar, fracturar su historia. Es su modo de curarse el priapismo psíquico, el titanismo, la hubris siempre latentes en las ambiciones totales y totalitarias de los novelistas: dejando su propia novela «en perpetuas mantillas», como me parece que lo señala Lucio en algún pasaje.

Una historia con innumerables referencias a las artes: música, pintura, arquitectura y literatura. Percibo cierta exaltación del Renacimiento en la minuciosidad de la descripción de Salamanca; provoca en el lector la inquietud de conocer la ciudad, y quien la conoce volver a mirarla con otros ojos. Me sorprende el poco tiempo que otorgas al personaje en la ciudad y sin embargo es la ciudad más resaltada ¿Existe alguna relación especial con esta?

Lucio va descubriendo que la vida no le depara sensaciones de trascendencia sin el arte; no estoy seguro, pero supongo que eso lo ayuda al final a descubrir un poco el Eros verdadero en la figura de Beatriz, a quien conoce en Salamanca. Y Salamanca es concebida por él no como una ciudad, sino como una obra de arte que puede recorrerse, en la que uno puede «estar». Además, no podemos olvidar que Lucio ha contado su vida anterior, hasta cierto punto, en clave picaresca: cuando llega a Salamanca está llegando a los orígenes de ese discurso sobre sí mismo que se ha forjado. Salamanca es el punto de partida del Lazarillo de Tormes, en ella comienzan sus fortunas y adversidades, y se produce su primera antihazaña: padecer y luego castigar al ciego al que sirve de guía.

¿Podríamos afirmar que Retrato de un caballero son las peripecias de un venezolano con memoria italiana, viviendo en Nueva York? ¿Una especie de Quijote moderno que narra sus aventuras y desdichas en el exterior?

Las huellas de Cervantes son evidentes, y más las huellas de algunos de sus procederes. En el Quijote hay un recorrido por muchos de los géneros populares o cultos de la época, un auténtico batiburrillo de homenajes y parodias de novelas de caballería, pastorales, picarescas, poesía y música de corte y aldea, guiños al teatro. Los saltos entre registros, las citas y alusiones constantes de Retrato de un caballero constituyen la manera como Lucio homenajea no solo las novelas cervantinas, sino buena parte de la narrativa del Siglo de Oro y formas más antiguas que también se caracterizan por su heterogeneidad, como las «novelas» romanas. El protagonista del Asno de oro se llama, precisamente, Lucius. De una manera muy extraña tanta heterogeneidad expresiva es el método con que Lucio sintoniza con su época y con Nueva York, una ciudad diversa, en constante cambio, donde puedes pasar de la arquitectura posmoderna a imitaciones del gótico e, incluso, a una Edad Media semiliteral como la de los Claustros, donde se juntaron porciones de monasterios románicos de Cataluña y Occitania. Si te quieres dar un paseo por un templo egipcio te metes en el Metropolitano. Una ciudad de rascacielos donde no faltan gárgolas ni carros tirados por caballos.

Se siente una nostalgia al narrar otros espacios como Italia y España que no es tan evidente  en el caso de Venezuela. ¿Por qué? ¿Quizá por una relación de amor odio que tenemos muchos venezolanos?  

Venezuela, creo, está siempre presente a través de su ausencia. En la primera parte, motivo de rabia, enojo. En la segunda parte, de angustias. En la tercera parte es un rastro doloroso que emerge de vez en cuando en las conversaciones de Lucio con otros personajes como su padre, Virgilio y Beatriz. Ese país lejano es una de las cosas que los une.

¿Cómo se hila una novela en la que conviven varias civilizaciones y varias lenguas?

Supongo que como la realidad misma, donde hay miles de lenguas que se rozan y donde innumerables personas vivimos en tránsito entre países. Yo no pretendía hacer una novela realista mientras escribía, pero desde ese punto de vista la historia de Lucio lo es.

¿Es Lucio un personaje que no tiene que lidiar con el pasado amoroso sino con el futuro amoroso?

En su pasado, como es bastante claro, no hay Eros real, sino donjuanismo y la idea que un adolescente psíquico puede tener de las relaciones con las mujeres. Creo que su historia amorosa es futura, probablemente con la Beatriz que conoce al final de Retrato de un caballero. Al menos, por su bien, espero que así lo sea. Pero no voy a estar seguro hasta que él decida contarme lo que pasó después.

Explícanos esa complicidad con el lector al que confundes y haces reflexionar sobre la veracidad de lo que narras

Cubierta editorial Seix Barral

Como para Lucio literatura y vida son indisociables, mezcla sin previo aviso lo imaginario con lo testimonial, la fantasía más desbocada con lo real. Lo hace a propósito, como para dejar a sus lectores decidir qué es verídico y qué es una dramatización simbólica de procesos que ocurren en su sensibilidad. Por ejemplo, todo lo que le pasa anatómicamente en la primera parte de la novela, con un miembro que crece sin freno, es imposible y él ―me imagino― debe saberlo. Por eso dirá luego que esa no es su «verdadera» historia. Habiendo empezado así, nada de lo que venga después podrá asimilarse sin un grano de sal. Su escritura es un flujo de memoria, ilusiones, ficción literaria que uno debería dejar correr y aceptar como viene. Nada es veraz: todo es relato, lenguaje. Como diría Leonardo, a quien Lucio cita: cosa mentale. Incluso el lector se vuelve «cosa mental», se convierte en lenguaje cuando se sumerge en ese fluir al que me refiero. Uno lee ficción y suspende por un rato su propia realidad corporal para vivir en la realidad del lenguaje.

¿Has escrito algo en inglés o portugués?  ¿Tienes algún proyecto que puedas comentar?

En inglés y portugués publico artículos de investigación, como parte de mi trabajo como profesor universitario. En la adolescencia escribí un montón de poemas en portugués, que no llegué a publicar excepto en alguna revista de estudiantes en Coímbra. Pero la necesidad de escribir narrativa fue ganando terreno y ese impulso se producía en español. Como te comenté, no elijo mis historias, estas vienen a mí; lo mismo ocurre con la lengua en que las cuento; es una cuestión irracional, que prefiero ni entender ni dominar… Sobre los proyectos, tengo varios compromisos de artículos y libros de investigación; en estos momentos, por ejemplo, Antonio López Ortega, Graciela Yáñez Vicentini y yo estamos trabajando intensamente en la edición de las obras completas de Eugenio Montejo. Es una tarea justa y necesaria. Me gustaría volver a la narrativa más adelante aunque, como ya sabes, no es algo que planifique.

«Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar;

vengo del sitio al que volver deseo;

amor me mueve, amor me lleva a hablarte».

                       Dante Alighieri, Divina Comedia

¿Miguel Gomes a algún lugar volver desea?   El sitio al que la Beatriz de Dante desea volver es inmaterial. Por supuesto que hay muchos sitios inmateriales a los que me gustaría volver; la geografía que me interesa está compuesta de personas, de relaciones con los familiares o los amigos. Algunos ya no están sino en la memoria, y no olvidarlos es una manera de volver a ellos. Trato, en todo caso, de regresar físicamente a quienes todavía andan en este mundo mientras todavía ando en él. No sé si la vida tiene un sentido más allá de esos encuentros y reencuentros.

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