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Rodrigo Blanco Calderón: «Creo en la sincronicidad jungiana. En cómo el afecto más puro conecta y acerca aquellos seres y cosas que están lejos».

Foto: Luisa Fontiveros

Por Karen Lentini Gómez

Rodrigo Blanco Calderón editor y narrador venezolano, reconocido nacional e internacionalmente por sus relatos y ganador del premio Rive Gauche à Paris por su primera novela The Night, es ahora  finalista del III Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa con esta maravillosa novela que, «surgió hace muchos años como un borrador de cuento que abandoné».

¿Por qué tu fascinación por Darío Lancini y los palíndromos?

Un día, cuando era estudiante de Letras, tomando unas cervezas, alguien mencionó el libro Oír a Darío. Recuerdo que me fascinó que el autor hubiera hecho un palíndromo con su propio nombre. Un tiempo después, busqué el libro en la extinta librería Monte Ávila, que quedaba en los espacios del Teatro Teresa Carreño. Había una pila de ejemplares. Me sorprendió ver que la edición era del año 1996 y que todavía, por el 2002, quedarán tantos ejemplares. Ahí empecé a entusiasmarme con los palíndromos y con el libro de Darío Lancini.

A finales de 2005 se publicó mi primer libro de cuentos, que ganó el premio de autores inéditos de la editorial Monte Ávila. Uno de los jurados fue Antonieta Madrid, escritora y esposa de Darío Lancini. Y a través de ella conocí en persona a Darío. Un hombre afable, hermoso y encantador. Timidísimo.

¿Podrías escribirnos uno?

Poco después de empezar a leer a Lancini, estuve toda una tarde intentando hacer uno. Tardé cinco horas en hacerlo. Me quedó muy mal. Dice:

«Asó al rey ayer la osa».

Una cosa absurda. Cuando estaba escribiendo The Night, o ya después de haberla publicado, no recuerdo bien, hice otro:

«Sí, Tito Salas: otitis».

Que también es absurdo, pero más divertido.

¿Qué otras artes han influido en el Rodrigo escritor?

La música, al principio. En los últimos años, las artes plásticas.

Rodrigo Blanco Calderón el lector, en este momento ¿cómo escoge lo que lee?

Leo libros y autores relacionados con la novela y los ensayos que estoy escribiendo. Cuando me entusiasmo con algún autor, algún personaje o tema, trato de leer todo lo que encuentre al respecto. Por ejemplo, ahora me sucede así con Marcel Duchamp.

¿Qué distingues en Marcel Duchamp que despierta tu entusiasmo?

Duchamp, como después el propio Lancini, fue un artista que supo que la posibilidad de renovar el arte era también un compromiso vital. Un compromiso de vivir y hacer arte fuera de los círculos en los que el arte existe como acto social. Supongo que me atrae porque yo mismo no puedo sustraerme a ese mundo cultural (ni siquiera sé si en realidad quiero sustraerme del todo). Pero hay algo atrayente en la posibilidad de prescindir de ciertas obligaciones promocionales de la literatura.

¿Consideras que las dificultades sociales y políticas aportan mayor creatividad para crear?

Antes pensaba que sí, pero ya no lo creo. Las dificultades sociales y políticas pueden aportar temas y asuntos que, en otro contexto, no se le presentarían a los escritores. Eso es todo.

¿Qué diferencias llamativas has percibido entre los escritores españoles contemporáneos y los venezolanos?

En España, y en algunos países de América Latina, he visto que se está practicando mucho la literatura autobiográfica. Uno nota cierto afán de los escritores por rebuscar y explotar el más nimio trauma de la infancia para armar con eso una «novela». Por supuesto, hay excepciones como «Ordesa», de Manuel Vilas, que es un libro escrito con las vísceras y a la vez con un cuidado formal del fraseo, que otros libros de literatura autobiográfica no tienen.

Los escritores venezolanos creo que están (estamos) todos lidiando con este asunto de la destrucción de nuestro país, de la transformación violenta de nuestra identidad. Lo cual no es en sí mismo un sello de garantía, tampoco.

¿Un escritor nace? ¿Un escritor se hace? ¿Un escritor nace y se hace?

Creo que un escritor nace y se deshace. El cénit de la obra de cada escritor está en el punto medio entre la visión pura de la infancia y lo aprendido después en la literatura. Tengo la impresión de que el declive comienza, a veces se da desde el principio, cuando se escribe cada vez apoyándose más en una especie de gramática literaria, en una serie de fórmulas, y se deja de lado la visión personal de algo, de algún aspecto del ser humano, que no tiene que ver ni con la literatura ni con la historia.

Cubierta editorial Alfaguara

Roberto Calasso afirma: «Para saber es necesario arder, de otro modo todo conocimiento es ineficaz» ¿Crees que Venezuela y los venezolanos necesitábamos arder?

No sé. Es peligroso buscar a posteriori justificaciones de la tragedia venezolana. Quisiera pensar que lo sucedido en los últimos 20 años nos ha servido a los venezolanos para abrir los ojos con respecto a nuestra propia historia y nuestros propios modos de ser. Pero nada garantiza que haya habido de verdad un aprendizaje colectivo. Nada garantiza que esta mortandad tenga un sentido rescatable a futuro.

¿Cómo crees que los escritores pueden contribuir para recomponer una Venezuela libre de fanatismo, sin odio ni resentimiento, donde se respete al distinto, con valores para erradicar la creencia del menor esfuerzo y fundada en la meritocracia? 

Los escritores, por su trato cotidiano y meditado con las palabras, deberían poder servir como guías en el bosque de los signos. Ayudar a entender o a advertir lo que ciertas palabras significan, la realidad a la que apuntan ciertos discursos de la esfera pública.

Ya eso sería bastante.

Después de The Night y Los terneros ¿podemos esperar un The Day de Rodrigo Blanco Calderón?

El día del juicio final, en todo caso.

«…Creo en el perro de Ulises,
en el gato risueño de Alicia en el país de las maravillas,
en el loro de Robison Crusoe,…» Credo de Aquiles Nazoa

¿Rodrigo Blanco Calderón en qué cree?

Creo en la sincronicidad jungiana. En cómo el afecto más puro conecta y acerca aquellos seres y cosas que están lejos.

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