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Anis Cartujo
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“En Venezuela ya solo comíamos una vez al día, ahora estamos en el paraíso”

María Gabriela y su familia han vivido un drama en los últimos meses, pero se sienten afortunados porque están “a salvo”

MARTA MARTÍNEZ 

DONOSTIA– María Gabriela y su familia abandonaron Venezuela de la noche a la mañana. Vendieron sus coches y con el dinero consiguieron los billetes para Madrid. Aterrizaron en el aeropuerto en diciembre, poco antes de las navidades, sin conocer a nadie y sin una sola referencia. “Pero nosotros nos sentíamos bien, al menos ya no estábamos en peligro”, relata la mujer. María Gabriela, su marido y sus dos hijos son parte de ese éxodo masivo que está abandonando Venezuela desde hace meses. “Y no pensamos volver hasta que la situación cambie”, advierte. En su caso, además del hambre, la amenaza se hizo real sobre su hijo mayor, Juan Carlos, de 25 años. Desde hacía un lustro, el joven trabajaba como funcionario en la Policía científica y criminalística de Venezuela. “Pero han ido cambiando las cosas y quien no está con el Gobierno es amedrentado. Y a él le pasó eso”, comienza el relato Gabriela. En realidad, ese no es su nombre real, tampoco es Juan Carlos el de su hijo, pero temen por las personas que dejaron en su país y por eso piden hablar desde el anonimato.

“Un día salió del trabajo y pasó a recoger a su hermano en su camioneta. Entonces, fue interceptado por el Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional). Se le atravesaron y provocaron que la camioneta volcara”, explica la mujer. En el accidente, Juan Carlos sufrió un grave enema en el cerebro y tuvo que ser intervenido en el hospital. “Estuvo un mes en coma, no había médicos, no había nadie. Y más si estás en contra del Gobierno, casi como que te dejan morir”, denuncia.

Tuvo una ayuda inesperada. “Gracias a un médico cubano, que estuvo pendiente de él y siguió su tratamiento. Cuando despertó del coma, sus jefes se lo querían llevar, pero yo se lo impedí, no me moví de su cama. Fue entonces cuando el médico cubano me dijo: Tenemos que sacarlo de aquí. Y así lo hizo, lo llevó a una casa y allí lo cuidó a escondidas”, relata María Gabriela, todavía angustiada al recordar aquellos días.

“Pero la persecución seguía y yo decidí que teníamos que irnos de Venezuela. Yo no quería perder a mi hijo, que me lo mataran”. Vendieron los coches, salieron por la frontera de Colombia y tomaron el vuelo en Bogotá. “En realidad yo no tenía ningún interés en venir para acá, fue el pasaje que me sacó una amiga, era el mejor en ese momento”, señala. Y así llegaron a Madrid. Casi sin dinero, perdidos en una ciudad y un país que no conocían y con el agravante de que su hijo aún no había terminado su tratamiento. Tenía la herida sin curar.

LLEGADA A MADRIDDurmieron durante tres noches en el aeropuerto. “Y yo, mientras, investigaba, iba de un sitio a otro, fue la que más me moví. Al final, en la estación de autobuses una señora me dijo que si buscaba ayuda tenía que salir de Madrid, que Madrid estaba colapsado de venezolanos. Me dio la dirección de una amiga suya en Portugalete y hasta aquí llegamos”, cuenta María Gabriela, que a pesar de su situación asegura que “estábamos felices, porque estábamos lejos del peligro”.

La familia se instaló en la frutería de Portugalete. “Tenía cocina y un cuartito, estábamos bien y muy agradecidos con la señora. Al menos ahora comíamos tres veces al día, yo engordé de toda la fruta que comí, porque yo en Venezuela estaba flaquita, solo comíamos una vez al día”, explica.

Su intención al llegar a España era poder trabajar y alquilar una vivienda. “El dinero que traíamos no nos llegaba para alquilar nada”. Pero desde el principio se dieron cuenta de que no era todo tan sencillo como se habían imaginado. “Nos pedían empadronamiento para todo. Pero, ¿qué es eso?”, lamenta.

Acudió a la Comisión de Ayuda al Refugiado Cear-Euskadi, donde solicitaron asilo y, con el asesoramiento de su nueva amiga portugaluja, fueron superando trámites. “Pero a principios de marzo vi que la herida de mi hijo botaba más líquido y nos asustamos”. Tras el bloqueo inicial, por no saber adónde acudir, terminaron en Cruces. “Cuando llegamos al hospital yo me quedé impactada porque vi que enseguida le hicieron todo, análisis, pruebas y lo llevaron a operar de seguido. En Venezuela estás semanas para que te hagan un solo examen”, cuenta. Su hijo tenía una infección en la herida. “Está vivo de milagro, la infección le comió el hueso del cráneo y el doctor tuvo que abrirlo y quitárselo”. Fueron, de nuevo, momentos de angustia. María Gabriela no puede contener las lágrimas cuando recuerda ese momento que, sin embargo, fue un momento clave para que su historia diera un giro positivo.

“MUY AGRADECIDOS”Una de las enfermeras que atendió a su hijo les puso en contacto con Iñaki Anasagasti, que se volcó con ellos. A partir de ahí conocieron la asociación Tierra de Gracia, de apoyo a los migrantes venezolanos.

“Todo el mundo nos ha ayudado muchísimo, desde la enfermera, el médico, el señor Iñaki Anasagasti, Tierra de Gracia. Estoy muy agradecida con toda la gente. Nos han dado ropa, comida, dinero”, asegura.

“’Yo no sabía que aquí había tantos venezolanos, si lo llego a saber desde el principio, hubiera contactado con ellos e igual no hubiéramos estado tan perdidos. Pero también pienso que este era el recorrido que teníamos que hacer. Nos sentimos afortunados y agradecidos”, reitera.

Ahora viven en un albergue en Bilbao, su hijo está en tratamiento para combatir la infección y está a la espera de someterse a una nueva intervención: “Le tienen que colocar una prótesis para que le pueda sostener el cerebro. Ahora está en peligro porque solo tiene el casco que le protege el cerebro. Estamos preocupados, pero sé que todo va a salir bien, no hemos pasado por todo esto para que se me vaya a morir ahorita, no. Todo va a salir bien”, confía la mujer.

Pero Juan Carlos tiene una preocupación: su hija de cinco años, que dejó en Venezuela junto a la abuela materna. “Logró sacar a su mujer de allá y ella está ahora en Perú, pero la niña se quedó con la abuela. Él quiere traerla, está muy preocupado, pero yo le digo: ¿Dónde vamos a meter a la niña?”, sostiene María Gabriela. “Estamos haciendo un curso y nos gustaría trabajar, alquilar después una vivienda y entonces, claro”, señala la mujer.

De momento, los trámites continúan y ese momento tiene que esperar. “Por fin logramos el empadronamiento y estamos solicitando asilo, hemos avanzado con los trámites. Repito, aquí estamos bien, comemos tres veces al día. En Venezuela, la gente come solo una vez al día, cuando yo veo toda la ropa y comida que se tira acá… la falta que nos hace a los venezolanos”, reflexiona.

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