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Bandas de Venezuela llenan clubes y teatros cantándole a exiliados venezolanos en Chile

William Padrón

En las últimas semanas se ha producido un fenómeno casi inédito en la cartelera local: bandas históricas de Venezuela han repletado clubes y teatros cantándole al exilio que reside en Chile. Uno de los más respetados críticos de música de ese país es parte de esa comunidad, vive acá desde marzo y recorrió algunos de esos espectáculos.

El ex embajador de Chile en Caracas, Pedro Felipe Ramírez, aseguró hace unos días que “alrededor de 450 mil venezolanos planean emigrar al país”. Si sumamos los 164.866 que según la PDI ingresaron durante 2017 (hasta el 15 de diciembre), es entendible por qué la ciudad comienza a familiarizarse con las arepas, el pabellón, los patacones, la chicha y las empanadas hechas con harina de maíz que pululan en Santiago.

La comunidad venezolana se siente con fuerza, sus eventos tienen notables convocatorias y son atractivos económicamente. El éxodo musical ha ganado buen terreno y, aunque todavía Chile no sea el país de residencia para los músicos que le dan vida al pop rock venezolano, salvo los noveles Technicolor (Ganadores del Festival Nuevas Bandas Delux 2016) y José y El Toro, sin dudas es la plaza más rentable para visitar en todo el continente. El Chilezuela Rock está instaurándose.

“Vamos a escuchar a los venezolanos hablando chileno y vamos a ver a los chilenos comiéndose unas empanaditas nuestras. ¡Vamos a ver cómo bailan juntos chilenos y venezolanos!”, confiesa sobre su cruzada Horacio Blanco, cantante y guitarrista de la banda de ska Desorden Público, quien el pasado 2 de junio dio un show explosivo, emotivo y reflexivo ante una audiencia que colmó el Teatro La Cúpula.

“Había una emoción especial”, rememora Julio Briceño, cantante de Los Amigos Invisibles, banda de dance funk que también participó en este encuentro musical, además histórico. “Lo lejos de Chile, el frío. Saber que a lo mejor al emigrar hacia Chile te es difícil volver a Venezuela, a diferencia de la diáspora ‘mayamera’”, explica.

Amigos Desordenados fue el nombre del espectáculo que reunió a dos de las bandas más representativas de la música contemporánea de Venezuela. Esa noche se encontraron después de 15 años sin compartir escenario. Histórico e irrepetible lo que se vivió. Un público vistiendo ropa alusiva a los colores de la bandera tricolor venezolana iba conversando en las filas de entrada o los pasillos. Entre la camaradería otros pocos se encontraban inesperadamente. “¿Cuando llegaste chamo?”, es lo primero que salta en el cruce de palabras, junto con un abrazo. Una buena parte de la gastronomía venezolana se podía adquirir esa noche.

El venezolano es alegre y afectivo. Su tono de voz cambia según la ciudad en la que se crió. Las palabras chamo, chévere, fino, na´guará, vergación, arrecho, se cuelan efusivamente en las conversaciones. Se miran para atinar dónde nacieron. Adoptan una actitud resiliente ante su realidad de inmigrantes, aunque el dolor político es la consigna, a medida que se desarrollan los encuentros recurren a la sátira y el chiste para apaciguar su estatus.

Aunque se sabe asistiendo a un concierto que gira en torno al pop rock y sus derivados, el mestizaje y el Caribe lo delatan. Es el mismo público que bailaba con el set latino del DJ, entre Shakira, Jennifer Lopez, Chino y Nacho, armando el jolgorio entre salsa y merengue, para luego moverse al ritmo del funk y crear un mosh pit durante la aparición de Desorden Público.

No solo vienen de Caracas, sino de Maracaibo (maracuchos) y Barquisimeto (guaros), los más notorios acá. También se reconocen los de San Cristobal (gochos), Maracay, Valencia, Cumaná. El propio Horacio Blanco hizo un inventario de procedencia entre los fanáticos. Desorden Público con sus 33 años de trayectoria, su discurso político incluido, supo sacar lágrimas a los presentes con una reflexión positiva. “Es fantástico ver cómo en todas partes está la venezolaneidad en pleno desarrollo”, se alegra.

¿Otro momento conmovedor? Cuando interpretaron el reggae Los que se quedan, los que se van, dedicado a todos los miles que han debido partir de Venezuela por motivos políticos y sociales. Ahí, un porcentaje mayoritario del público simplemente no aguanta y se larga a llorar emocionado.


El chévere-cachai

“¡Chévere! ¿Cachai?”, este juego de palabras que identifica dos países, sirvió de apertura al show de Desorden Público, junto con el “Chilezolano” que se oye cada vez más. Una manera de estrechar lazos a modo de agradecimiento por la apertura que le ha dado Chile a Venezuela.

El panorama artístico está cambiando, está mutando, se está retroalimentando. Progresivamente se está abriendo un mercado caribeño que antes era desconocido en este lado del sur y el venezolano tiene su buena cuota de aporte. Durante los primeros meses del año han pasado por acá bandas como Caramelos de Cianuro, Viniloversus o los proyectos de McKlopedia y Apache. Ya el año pasado Los Mesoneros, La Vida Boheme, Rawayana, trajeron su arsenal sonoro. Los dos últimos regresarán durante septiembre y octubre, respectivamente. Basta con ingresar estos nombres en Spotify para darse cuenta que Chile es el primero o el segundo país donde más se escuchan estos artistas.

“Fue uno de los mejores shows, sino el más importante que hemos tenido fuera de Venezuela”, reconoce Rodrigo Gonsalves, cantante y compositor de Viniloversus, banda nominada al Latin Grammy, pionera de esa oleada de agrupaciones que le inyectó un nuevo respiro al rock venezolano con sus letras directas y sonido contundente. Su debut en Chile se dio en abril, dejando un registro impecable.

La experiencia de Caramelos de Cianuro despuntó la anterior. Durante el mes de mayo dio su segundo show en la capital, trayendo su rock bailable con tintes sexuales a una audiencia que se paseó por los más de 25 años de carrera de la banda. Un repertorio tan familiar para sus fanáticos que lo menos que se sintieron fue extranjeros. “¡Estuvo chévere!” afirma su cantante y compositor en perfecto acento caraqueño. La banda ya había hecho un sold out el año pasado. Sus temas son altamente difundidos en buena parte de los minimarkets operados por venezolanos en Santiago.

“¡Chile de mi corazón!”, exclama el rapero Apache, quien dio un recital en el Club Subterráneo. “Tenemos entre siete u ocho años yendo a Chile”. Y es que el hip hop es un género que ha tenido a Lil Supa y McKlopedia parando en Santiago, en una escena underground que lleva rato abriéndole las puertas.

Las bandas y músicos venezolanos están repartidos principalmente entre Ciudad de México y Miami. Ahí comenzaron a hacer vida nombres que, a pesar de que en su gran mayoría han sido nominados a Latin Grammys, habían salido poco de su país a tocar. El éxodo los llevó a mirar otros territorios, reinventarse desde el exilio y avanzar. El presente es encontrarse con sus paisanos alrededor del mundo y, paradójicamente al frío sureño de estos días, Chile ha sido un refugio cálido y rentable.

Al beat caribeño, lo percusivo de sus guitarras, la acentuación al final de las palabras al cantar, aunado a la influencia de los ritmos bailables y folclóricos con los que ha madurado el sonido venezolano, se suman esas metáforas urbanas transformadas en calidez amorosa, doble sentido, desilusiones o rebeldía que hacen parte de su marca registrada. El Mar Caribe funge como base referencial de su brújula artística.

“Es una gran oportunidad para nuestro país de afianzarnos como marca dentro del contexto de las naciones. Ya sabemos de qué es Brasil, México, Argentina, Cuba, pero ¿qué tanto conoce Latinoamérica o el mundo de qué es Venezuela? Este es un momento en el que esa pregunta está consiguiendo su respuesta. Muy dramática, pero también orgánica. No hay una estrategia de marketing, es la gente saliendo y recreando a nuestro país donde quiera que llega”, finaliza Horacio Blanco con una sonrisa esperanzadora.

Fuente http://culto.latercera.com/2018/06/10/chilezuela-rock/

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