viernes , abril 20 2018
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Boris Izaguirre: “Champagne y diáspora”

Boris Izaguirre

De un tiempo a esta parte escucho comentarios sobre la diáspora venezolana, un término empleado para calificar la extraordinaria cifra de venezolanos que abandonan su país. La primera vez que lo escuché caminaba por la Avenida West en Miami Beach y una venezolana y me abordó con esa forma típica de nosotros los venezolanos, moviendo mucho las manos, doliéndose infinito de lo que ella llamó “situación país” y exigiéndome que formara parte del documental grabándome con su teléfono móvil. “Dilo bonito, mi amor, con sentimiento lindo”, me pidió. Cuando terminé y lo revisó, se guindó de mí y al separarse dijo: “Qué bello” y de inmediato, con una cara trágica, “Qué horrible”. Fue hasta días después que entendí que los venezolanos que no están en su país utilizan esas dos palabras en conjunto. Qué bello, primero y al instante, Qué horrible.

Más nunca volví a encontrarla. Espero que completara el documental de YouTube. Pero el tema de la marcha de venezolanos al exterior sigue creciendo, se ofrecen cifras que a veces parecen inverosímiles, probablemente exageradas. Muchos de los que se marchan, o escapan del régimen de Maduro, recalan en ciudades donde sí se puede constatar esa presencia. Bogotá. Ciudad de México. Panamá. Madrid o Miami. En estas dos últimas, donde estoy físicamente repartido, todos los días encuentro un venezolano. Y aparte de detectarlos por nuestro acento y esa peculiar manera de hablar, que mezcla la dulzura artificial de la Miss Venezuela con la patanería del malandro, los reconozco porque todos se comparan al exilio cubano, sobre todo en la larga espera porque su tirano desaparezca. “Cuba (la castrista) se ha apoderado tanto de nuestro país que ya casi hablamos igual, tragándonos las palabras y diciéndolo todo con las manos y los ojos”, me ha comentado un chofer de Uber, con estudios universitarios y líder de lo que el llamó “La Resistencia Urbana”. Creo que tenia un poquito de razón, para mí es llamativo lo mucho que ha descendido el vocabulario venezolano durante el chavismo, que este año cumple 20. Todos los venezolanos que conozco, incluyendo miembros de mi familia, empezaron a salpicar sus frases con groserías hasta que en cada oración que pronuncian solo hay ese tipo de palabras.

“Quebolas,marico,nojodaesunavainaunacagadamierdamaricodepinganooo” es una frase super común que en realidad significa: Amigo, salí a comprar carne pero me tocó el día que solo venden huevos”. O según el lugar y hora también puede ser una declaración muy cariñosa de una madre. Empecé a notar esta realidad cuando mi querido hermano mayor intentaba explicarme lo que sentía cuando llegaba a su entrenamiento de natación y en la piscina no había cloro. “quebolasquevainamaricosesoschavistasqueestanjodiendonosquesevayanalcoñode…”

Claro que me pareció preocupante. Por eso, empecé a rastrear características comunes en los venezolanos que se emplean en el Uber de Miami con los otros venezolanos que se trasladan a Madrid. Son muy diferentes, según me han dicho porque los que llegan a la capital europea podrían ser tanto víctimas de la diáspora como ex chavistas que están lavando dinero. Como van en grupo y solo se ven con otros venezolanos, es más complicado diferenciarlos. El pasado 31 de diciembre me topé con un nutrido grupo de ellos en el Corte Inglés, el gran almacén que les vuelve locos. Acababan de abrir y allí estaba creyendo que no habría ningún venezolano, hasta que llegué a la bodega donde vendían el champagne. “Humberto, ¡aquí hay champam, siii muuuuuchooooo champam, champam de todos los sabores, champam de verdad y regalado”. Otros compradores se miraban casi aterrorizados. Intenté esconderme entre las botellas. Hasta que me descubrieron: Maaricocoooñovainachevereburdaverga¿tunotomasCHAMPAM?”. @Borisizaguirre ‏

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