jueves , octubre 17 2019
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Mucho gusto, soy la arepa

Gabriela Monteverde.-

gabrielamonteverde@gmail.com 

El viaje me resultó complicado, al principio no sabía si sería aceptada con facilidad. Tenía mucha ansiedad, temor y dudas, pero me arriesgué a recorrer el mundo.

Desde que salí de Venezuela tenía altibajos de ánimo, pero muy en lo profundo de mi tostado corazón sabía que algo bueno se avecinaba.

Mi primera parada me dejó encantada, fue en casa de unos venezolanos que por su puesto me hicieron sentir como pez en el agua. Probaban mis sabores, se inspiraban con mi olor y hasta recordaban su infancia con solo darme un mordisco.

¿Se sorprenden porque me deje morder?

Perdón, no me había presentado: Soy la arepa, patrimonio de Venezuela, rica y deliciosa, amada por todos y odiada por ninguno, perfecta para el cuerpo, alma y corazón. Una reina redonda con pecho dorado, tostada o frita, crujiente y delicada. De todo lo bueno, orgullosa y fascinante.

Siempre que pude estuve de  budare en caldero, y si ahora no figuro mucho no es porque no quiera, es simplemente por motivos ajenos a mi voluntad. He tenido que emigrar para acompañar a muchos que al igual que yo nunca se sentirán mejor que una mesa venezolana.

No he escapado de nadie, me he visto forzada a recoger mis corotos y emprender un viaje por el mundo entero con mis compañeros de siempre: Harina y aceite, para llenar de sabor los paladares de aquellos que tanto añoran a su tierra y por lo menos regalar con cada probadita esa sensación única de estar en casa.

La travesía

Presentarme ante otros países siempre fue mi sueño, que me conocieran en el mundo entero y me rellenaran con los guisos más variados siempre me dio mucha ilusión, pero no así, no con agridulce, no con nostalgia y alegría de comerme, ni mucho menos con la incertidumbre de no saber si estaré otra vez en sus mesas.

Es así como me he convertido en el consuelo de los que un día no muy lejano sueñan con volver a nuestra hermosa tierra, y también en el platillo más anhelado en la mesa de los venezolanos que no encuentran a mis eternos amigos (harina y aceite) o que lamentablemente no pueden costear lo que valgo.

Y no se trata de que sea presumida ni vanidosa, simplemente mis eternos panas se venden caro y los rellenos que me hacen un manjar de nuestro folclor son más costosos aún.

Me entristece la posibilidad de desaparecer, pero tengo la fe de que mis venezolanos no me dejarán morir. No me quiero deprimir, hablar tanto de mis sentimientos hace que se me baje la dosis de optimismo, así que mejor voy a hablar de cosas buenas y voy a contarles una anécdota que me pasó en mis andares por España.

El subidón

Un día estaba en el restaurante de un amigo, tímidamente en la cocina pero con ganas de salir y lucirme al máximo en las mesas y como cosa del destino llegaron unos comensales con su acento marcado y las palabras más raras que escuché, hasta que soltaron la pregunta:

-¿Hacen arepas?

El corazón se me aceleró y dije “hoy van a saber lo que es bueno”. Puse mi mejor cara, me vestí al mejor estilo de Susana Duijm, de “reina pepiada” y salí bella, dorada, radiante y con un sabor inigualable.

“Esta es la reina de pepas más rica que he probado”, dijo el caballero, a lo que el camarero contestó sonriente y enfatizando mi nombre “excelente que te haya gustado la reina pepiada”, yo sentí un fresquito por dentro y me dediqué a terminar de hacer el trabajo, seducir al cliente por completo.

Otro día llegó una chica preguntando:

-¿Hacen bocadillo de arepa?

Yo me sentí indignada, de solo imaginar que metieran dentro de un pan cortada en trozos me moría de pánico. Acto seguido, el camarero explicó muy orgulloso y seguro “no, no, la arepa no se come con bocadillo, es un plato en sí mismo, un círculo de harina de maíz que frito o asado se rellena de lo que usted guste”. La chica se ruborizó un poco y entre risas dejó la asignatura pendiente:

-Tengo que venir a probarlas.

La lección

Así como esas tengo miles de historias que he vivido en el extranjero, nuevos amigos alrededor del mundo, paladares conquistados, barriguitas llenas y corazones contentos. Soy protagonista en las mesas venezolanas que se han instaurado en el exterior, de todas las risas, llantos y recuerdos que atan con hilos de tradición a toda nuestra gente donde quiera que amasen hoy.

Quiero seguir deliciosa como siempre y recordar a todos los rincones del mundo que ser venezolano es un sello de amor, familia, folclor, gastronomía, naturaleza, inteligencia y belleza que llevamos impreso en la piel por donde quiera que vayamos.

Cuando un venezolano llega a ese restaurante del que les hablé y se come una pelúa, catira o reina, en ese primer mordisco, al cerrar los ojos se siente en su hogar.

Y ya para no hacerles el cuento más largo, me despido con amor y mantequilla esperando siempre abundar: La arepa.

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