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Venezolanos en el exilio vasco, entre la rabia y la impotencia

04/08/2017. Bilbao. Bizkaia. País Vasco. Entrevista al venezolano Guido Falcone en un supermercado rodeado de productos que escasean en su país. ARABA PRESS/PATXI CORRAL

Muchos se organizan para mandar ayuda a sus compatriotas, sobre todo medicinas

Nerea Albinarrate

El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) tiene contabilizados casi 50.000 venezolanos que han solicitado asilo en otros países desde que comenzó 2017 huyendo de la grave situación de crisis humanitaria que atraviesa su país. 4.300 están en España y 74 de ellos en el País Vasco según el último informe de Cear Euskadi. Muchos de ellos se organizan para tejer «una red de alianzas» para mandar medicamentos y productos de primera necesidad a Venezuela y colaborar con sus compatriotas.

Eglee Zuleta, que lleva 11 años en Pamplona, forma parte de la Asociación de Venezolanos en Navarra (Asvena) que se encarga de gestionar una red anónima hecha a base de «alianzas entre miles de personas» -sobre todo, de Navarra, el País Vasco, Galicia y, en menor medida, de Cantabria y de Alicante- que hacen donaciones, y que sumadas a la ayuda que perciben por parte de Cáritas de San Sebastián, les permite «enviar medicamentos y productos de primera necesidad a Venezuela periódicamente». En el año y medio que llevan con este proyecto, calculan que habrán «mandado entre 16 y 20 toneladas» y actualmente, cuenta Zuleta, tienen alrededor de cinco toneladas listas para ser enviadas.

Priorizan «aquellos productos que tienen mayor demanda y que son más difíciles de encontrar allí». Sobre todo hipotensores y tratamientos para enfermedades neuronales -como la epilepsia y el párkinson- porque le consta que «está muriendo mucha gente, muchos niños, por ataques de epilepsia generados -en gran parte- por el estrés al que están sometidos». Le siguen los tratamientos circulatorios y coronarios para problemas de colesterol, diabetes y tiroides; y los requeridos tras someterse a procedimientos oncológicos, trasplantes de órganos, fibromalgia, etc. En cuanto a los productos de primera necesidad, «sobre todo piden leche en polvo», que es uno de los más difíciles de encontrar. Aunque, dice Zuleta, «las peticiones son de todo tipo» y tratan en la medida de lo posible de atenderlas todas: «Calculo que respondemos casi al 95% de las solicitudes». Aún así confiesa sentirse «impotente» al no poder hacer más.

La Asociación también ayuda a los compatriotas que llegan de Venezuela «con una mano delante y otra detrás» aunque en su país fueran profesionales de éxito, y les ayuda a superar la impotencia que sienten por la situación en su país.

«Cuando entro en el supermercado y veo las baldas llenas y a la gente empujando carros repletos de comida me mata pensar que mi gente en Venezuela está muriendo literalmente de hambre», cuenta el actor y productor venezolano Guido Falcone: «Me vienen a la cabeza imágenes de personas -niños y mayores- escarbando entre la basura tratando de encontrar algo que llevarse a la boca. Es horrible, horrible…». Y recuerda todas esas veces que, como a sus compatriotas, le tocó hacer colas que «parecían interminables» durante horas «e incluso días» para acceder a un supermercado donde «si tenías suerte» quedaba el producto que estabas buscando. Actualmente, y desde el año 2015 cuando le concedieron asilo político, Falcone vive en Bilbao tras verse obligado a huir, «a 120 kilómetros por hora», al negarse a trabajar como actor y productor en telenovelas acordes con el proceso revolucionario con el que -desde el Gobierno- buscan aumentar el rating de la programación chavista: «Tras sufrir varias amenazas, una noche vinieron a tocarme la puerta de mi casa y, como no les abrí, se la dieron a balazos contra ella», cuenta Falcone, que tuvo que «esconderse» para que no lo cogieran. Confiesa que tuvo suerte de salir con vida ya que fueron muchos los que no lo lograron: «Yo nunca quise irme de mi país pero no me quedó otra».

«Hay un doble problema en Venezuela», cuenta E.J. que en su país trabajaba como periodista y activista para el grupo de resistencia ciudadana: «Dentro del país tenemos una guerra silenciosa y fuera no se reconoce esa guerra y, por tanto, no hacen nada para ayudarnos a pesar de que se está aniquilando a un pueblo». «Si ya dentro del país la información llega sesgada; fuera apenas se conoce una ínfima parte de lo que realmente está ocurriendo allí», denuncia. Ahora E.J. vive en San Sebastián donde le concedieron asilo político cuando tuvo que huir de su país hace siete meses tras sufrir amenazas por informar sobre el la convocatoria del referendo que se iba a celebrar: «Se pararon junto a mi coche y me advirtieron de que debía parar si no quería sufrir las consecuencias» dejándole claro que sabían dónde vivía y quiénes eran sus compañeros. «Mi hijo que estaba ya en España me pidió que por favor viniese con él cuando las amenazas se hicieron constantes» y fue entonces cuando decidió apostar «por la vida » e irse. Desde aquí sigue denunciando las agresiones del Gobierno para tratar de evitar que «la situación que se vive en Venezuela quede en el olvido». Aunque admite que, a pesar de que se siente segura, «es muy duro» porque no puede ignorar lo que ocurre allí y además, aquí ha pasado a convertirse en una persona dependiente de su hijo, algo que: «Jamás pensé que ocurriría».

«No sé que va a ser de mí en el futuro», cuenta Marian Fernández, que lleva tres años en Bilbao a donde emigró -renunciando a estudiar Magisterio en la universidad- para trabajar y mandar dinero a casa: «Lo único que pido es poder traer a mi familia conmigo porque mi mamá está enferma y allí no pueden tratarla».

Fuentehttp://www.elmundo.es/pais-vasco/2017/08/14/599173b422601d67448b463d.html

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