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Opositores se defienden de la brutal represión con «armas bioquímicas»

Manifestantes venezolanos arrojan excrementos a los agentes policiales

El chavismo juzga a civiles en tribunales militares para sofocar las protestas

Policías y militares se han empleado duramente para reprimir la decimoquinta manifestación opositora en Caracas desde que hace 40 días estallara la rebelión de abril, que prosigue en mayo. La batalla campal, que siempre se inicia después de que las fuerzas del orden ataquen a los manifestantes pacíficos para impedirles marchar hacia el lugar elegido, ha provocado una nueva víctima mortal, Miguel Castillo Bracho (26 años), alcanzado en un costado con un proyectil mientras se enfrentaba a los agentes.

La «marcha de los escudos» tenía en esta ocasión como objetivo el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), principal martillo revolucionario contra el Parlamento y la Unidad Democrática. En primera línea se situaron una vez más los diputados más jóvenes, portando sus propias defensas. Juan Requesens, Carlos Paparoni y José Manuel Olivares (de Primero Justicia, el partido del gobernador Henrique Capriles) y Juan Andrés Mejía (de Voluntad Popular, el partido del preso político Leopoldo López), entre otros, se pusieron al frente de la marcha que avanzó por la principal autopista de Caracas hasta topar con las barreras policiales.

A sus espaldas quedaba la muchedumbre de «protestantes», como les llaman en Venezuela, miles de personas decididas a seguir en las calles. Y más cerca de ellos, los famosos «escuderos», decenas y decenas de jóvenes, cada vez más, que con sus escudos han vuelto a montar una barricada digna de la «batalla de los bastardos» en un Juego de Tronos bolivariano.

La gran novedad es que en esta ocasión varias decenas de los manifestantes acudieron pertrechados de «popotovs», frascos rellenos de heces fecales, ya usados el pasado lunes en Mérida contra la policía regional. «Ellos nos lanzan gas, nosotros les respondemos con nuestra mierda», aseguró muy serio a EL MUNDO uno de los jóvenes, que había fabricado su pequeña «bomba» con el recipiente de una papilla para bebés.

El chavismo acusó de inmediato a la oposición de usar armas biológicas contra policías y militares. «El uso del arma bioquímica es delito, está completamente tipificado, tiene penalidades altas», advirtió Marielys Valdez, inspectora general de Tribunales.

El uso de estos «cócteles» ha dividido también a la oposición. Sus detractores aseguran que, además de ser un asco, lo único que provoca es que la represión sea aún más dura. En cambio, las voces favorables sostienen que es un buen método de defensa ante la brutalidad policial, que ya ha costado la vida de 39 personas, según la Fiscalía, o de 46, según los cálculos del Observatorio de la Conflictividad Social.

«Nuestro escudo ante esta dictadura es nuestra Constitución», aseveró antes de comenzar la represión el diputado Paparoni, quien había pegado una copia de la portada de su Carta Magna a su escudo. Una Constitución de la que Hugo Chávez ordenó reproducir millones de ejemplares de tamaño pequeño, hoy diminutos tras los intentos de Nicolás Maduro de cambiarla para mantenerse en el poder a través de una Constituyente «fraudulenta», según la oposición, el chavismo crítico, juristas y buena parte de las universidades del país.

El último en sumarse a esta postura ha sido el general retirado Miguel Rodríguez Torres, uno de los favoritos de Hugo Chávez y ex ministro de Defensa de Maduro, quien reclama un referéndum consultivo previo a la Constituyente. Según la encuesta realizada por More Consulting, el 84,3% de los venezolanos piensan lo mismo.

En la Candelaria, barrio de emigrantes europeos cercano al Palacio de Miraflores, la policía reprimió duramente a los que allí se concentraban a primeras horas de la mañana. Los enfrentamientos continuaron después con la participación, incluso, de los famosos colectivos revolucionarios, una mezcla de paramilitares y radicales que actúan con la connivencia de las autoridades. Vídeos grabados por periodistas y ciudadanos confirmaron, una vez más, cómo las fuerzas del orden permitían que los colectivos dispararan sus armas de fuego para amedrentar a los manifestantes, incluso robando a los equipos periodísticos.

Fuente ELMundohttp://www.elmundo.es/internacional/2017/05/10/591383ee268e3ef24e8b4574.html

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