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La Parrila de César Miguel

Sabalo Parrilla 006

@claudionazoa

César Miguel Rondón tiene fama de ser el mejor maestro parrillero, y para demostrarlo, el año pasado, invitó a un grupo de amigos a pasar la Semana Santa en una casa bellísima que tiene en Chichiriviche.

Llegando, comenzó mi calvario.

-¡Claudio y Tania quedan en el mismo cuarto! –sentenció, César Miguel.

-¿Y no me puedo quedar con Gaby Espino?

-No. Y apúrense que los dos van a hacer las compras.

La carnicería, en aquel tierrero y en aquel calorón, quedaba lejíiisimo.

11:45 a.m. Flor Alicia, la esposa de César Miguel, había dicho que el almuerzo era temprano. Cundió el pánico. Se estaba haciendo tarde. Suena el celular. Era Flor Alicia:

-¿Saben cosa fea?, que lleguen los invitados y ustedes entren con el corotero.

Mientras, en la casa, el apuesto baterista, Adolfo Herrera, afinaba los cueros.

-¡Cállate, Adolfo, que estoy escribiéndole un poema para Mariaca! –gritó Leonardo Padrón.

Por fin, sudados y cansados, llegamos a la casa.

-¡Yo sabía que si ibas con Tania tardarían más! ¡Seguro que estaban echando chistes y todavía ni siquiera se han prendido los carbones!

Encendiendo carbones, todo el mundo es un experto: Jorgita Rodríguez ponía servilletas prendidas, Gledys Ibarra soplaba y soplaba. Y los malditos carbones, ¡nada que prendieron!

A eso de las dos de la tarde, desesperado por el hambre y el calor, logré encender los carbones. Me trataron como si yo fuera el dueño de la casa:

-Claudio, la cerveza está caliente –indicó Mariaca, mientras emocionada, leía llorando el poema que le escribió Padrón.

-Papi –dijo mi hija Valentina- ¿ya está la parrilla?

Díganme cuando puse la carne y los chorizos en el asador. ¡Todo el mundo era un experto! Nadie creía que la carne estaba buena, pero coincidieron en que los chorizos estaban grasosos y la morcilla seca.

-¡Claudio, imagino que preparaste guasacaca! –gritó, Amanda Gutiérrez.

Corrí a la cocina para improvisar una guasacaca.

-¡Se está quemando la carne! –gritó, Carlota Sosa.

Corrí dejando la licuadora encendida.

Agotado y lleno de humo, volteé la punta trasera.

-Claudio, no apretaste bien la goma de la licuadora y se está botando la guasacaca! –susurró, Rafael Romero.

Y pensar que todavía faltaban las críticas a la yuca. A todas estas, el dueño de la casa estaba echadote durmiendo en una hamaca.

La próxima vez que me inviten a una parrillada, pediré que me lleven a pasar la Semana Santa en la arepera Paramacay, en la autopista Regional del Centro.

 

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