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Proyecto Alcatraz: Rugby que salva vidas

En el municipio venezolano de Revenga, el balón oval lleva futuro y esperanza a cientos de jóvenes que no lo tenían.

 

Rugby que salva vidas

 

Cuando se habla del rugby y sus valores a veces puede pensarse que no hay para tanto. Que las gentes del oval exageran, por amor a su deporte, su discurso sobre deportividad, respeto al grupo y al rival, disciplina y afán de superación. Sin embargo, historias pequeñas en su génesis y grandes en su desarrollo como la del Proyecto Alcatraz atestiguan lo justo de lo que, a veces, parece un tópico: en Revenga —Estado Aragua, Venezuela—, el rugby salva, literalmente, vidas que quedarían truncadas por la delincuencia: las vidas de los depredadores y sus víctimas.
En Revenga está la sede central y factoría de Ron Santa Teresa, una de las marcas emblemáticas del producto y del país: un complejo de campos de cultivo, factoría y museo, en el que un día del año 2003 se coló el otro mundo de fuera de sus muros. De forma inevitable, las desigualdades sociales engendran pobreza y violencia, y la delincuencia era y es uno de los grandes problemas de la sociedad venezolana. Tres malandros de la zona entraron a robar. Un vigilante de seguridad los sorprendió: fue apaleado y le robaron el arma. La seguridad particular de la Hacienda se adelantó a la policía y localizó a uno de los asaltantes. Alberto Vollmer, patrón de Santa Teresa, le ofreció un pacto: devolver el arma y trabajar un tiempo en la Hacienda —sin sueldo, pero con alojamiento y alimentación y alejado de su ambiente de violencia—, o bien ser entregado a la policía, que no trataba precisamente con suavidad a los delincuentes.
Cara de León, el ladrón, aceptó. Al cabo del plazo, habló de nuevo con Vollmer y le pidió seguir en la Hacienda y, además, traer a unos amigos que quizá quisieran probar la experiencia de huir de una incierta vida de delincuencia sin alternativas, que en Revenga daba lugar a una tasa de 114 homicidios anuales por 100.000 habitantes (en España, en 2010, era de 0,72). De nuevo Alberto Vollmer aceptó, y se presentó la banda al completo: 22 desarraigados.

Fue el germen del proyecto. La voz se fue corriendo. Algunas bandas llamaron a la puerta de Santa Teresa. A otras fue el propio Vollmer a buscarlas a los barrios en una misión no exenta de riesgos: en muchos no entraba la policía, las armas abundaban y Völlmer era el potentado de la zona. Llegado un momento, varias bandas buscaban la salida de la delincuencia en la Hacienda Santa Teresa. Pero el proceso era trabajoso: los grupos tenían cuentas de sangre pendientes y mientras no se hiciese la paz, la integración no sería completa. Ahí entró en juego el rugby.
En Venezuela el deporte oval era extremadamente minoritario. Aún lo es. Alberto Vollmer lo conoció primero en el Colegio Francia venezolano, y luego en el país galo, donde estudió el bachillerato y le marcó la personalidad de un profesor «renacentista: Había sido internacional por Rumanía, músico, y seleccionador de ajedrez de Francia». Volvió a Venezuela con el compromiso de crear equipos. Primero lo hizo en la Universidad. De allí salieron 60 escuadras. Después lo hizo en Ron Santa Teresa, la empresa familiar, con trabajadores y empleados. Ese equipo se llama Guerreros R.C., y aún existe. Pensó en emplear el rugby para la regeneración social.
Vollmer convocó a las dos primeras bandas que participaron en el proceso. Por separado. Sin previo aviso, les hizo entrar en una sala en la que se encontraron. Tras las primeras tensiones, el oval suavizó el ambiente.

«El rugby es un deporte que potencia el control interno. A veces, y pasa mucho en Venezuela, el individuo tiene la sensación de que es el entorno el que le condiciona, y él no puede hacer nada consigo mismo. El rugby da madurez, control interno y entereza. El béisbol o el fútbol no son así, siempre se tiende a echar la culpa a otros. En el rugby, en cambio, se interioriza mucho lo que se hace, cada equipo es una banda de hermanos y yo pensé que podría hacer mucho bien. En la Universidad, algunos jugadores llegaban al equipo sin conocerlo, pero al poco de practicarlo notaban mejoras en su vida personal. Hasta en sus notas», dice.
«Yo no sabía nada de este deporte», cuenta José Gregorio Arrieta, que a sus 34 años es capitán del Proyecto Alcatraz. «Nunca había visto un balón ovalado, ni olvidaré mi primer partido. Fue necesario entrenar mucho para comprender el deporte, pero desde el primer momento nos impresionó la adrenalina que se liberaba. Y el contacto, que era importante. Nosotros veníamos de las calles».
Vollmer valora que una de las cosas que potencia el rugby «es la responsabilidad. Normalmente el hombre es inmaduro y en la cultura tropical, eso se exacerba. En el entrenamiento de fútbol se ve mucho individualismo, en el de rugby en cambio se ve coordinación, compromiso y responsabilidad, el objetivo por encima del individuo. Se ve hasta en las celebraciones, que son más sobrias. El rugby tiene una cultura de respeto, Incluso si algún jugador no tiene respeto al árbitro, su entrenador le retira, sin importar que se pueda perder. Y además, existe el sentido deportivo. Al acabar un partido, por duro que te hayas sacudido, se confraterniza en el tercer tiempo. Creí que esto podría hacer mucho bien en Venezuela».

Y en efecto, los valores del rugby calaron entre unas gentes cuyo deseo era, simplemente, encontrar una vida mejor. Hoy, el Proyecto Alcatraz tiene varios equipos oficiales, desde la categoría senior hasta las de formación, masculinos y femeninos, y en total han pasado por él más de 2.200 personas. La idea original fue reclutar a la gente más peligrosa, los azotes de barrio como se los conoce en Venezuela. Se consiguió integrar a 250 de los casi 400 registrados.
Luego, Arrieta propuso buscar a los jóvenes que aún no estaban en las bandas, pero acabarían abocados a ellas si no encontraban alternativas. «Si nos ven con pistolas, juegan con pistolas y usarán pistolas. Ahora lo harán con balones». Era el razonamiento. En efecto, triunfó. Varios ‘alcatraces’ integran ahora la selección nacional de Venezuela.
Momentos difíciles
Hubo momentos complicados. Gente que no culminó el proceso, o la muerte de Juan Carlos Gauthier, un entrenador argentino que colaboró con el Proyecto desde el primer momento. «Consiguió unos niveles de compromiso de los chavales impresionantes», recuerda Vollmer. «Les inculcó la idea de que el equipo era una familia, y de hecho para muchos de los muchachos, que venían de familias desestructuradas y no habían conocido a su padre, fue una figura paterna». Cuando al cabo de cuatro años de labor iba a volver a Argentina, murió de un ataque al corazón. «El impacto fue terrible. Aún hoy, en los circulos que se hacen antes y después de cada partido, se deja hueco para él».

 

El Proyecto Alcatraz ha sido tomado como modelo de labor social en muchos lugares —Alberto Vollmer es un firme creyente en la responsabilidad social de las empresas, y en que todos deben aportar su parte al progreso social—, pero el premio más importante es que desde 2003 la tasa de homicidios de Revenga ha caído de 114 a 12. «Creo que sin el rugby nada de esto hubiera sido posible», piensa Arrieta, que fue uno de los asaltantes originales a la Hacienda, en 2003.

«El proyecto ha crecido. Tenemospsicólogos de apoyoy más actividades», dice José. Hay ya un plan establecido de reinserción. El trabajo en la Hacienda es remunerado y los tribunales computan la participación en el proyecto. «Sin los valores de respeto, disciplina y compañerismo de este deporte, no habría funcionado. Sin el rugby, esto no hubiera sido posible».

Ahora, se trata de crecer: «De momento, hemos pensado en exportarlo a otros municipios. A algunos llega ya espontánamente, quizá a otros países, llevarlo a las cárceles…», señala Vollmer.

El silencio como motivación

Vollmer no tiene dudas en citar el momento en que se sintió más feliz con sus muchachos: «Tras la muerte de Gauthier, el equipo decayó un tanto. Llegó un partido de Copa contra uno de los favoritos, y me pidieron que fuera su entrenador para ese partido».

Observó que, a su juicio, se hablaba demasiado en la cancha y así se perdía concentración. Les impuso realizar en silencio los cuatro entrenamientos que quedaban.Quien hablara, haría una serie de planchas. «El primer día se harían 120. Luego, la cosa fue mejor. Llegó el partido y dije que se jugara igual. Y les pedí un ensayo cada 5 minutos en los primeros 20. Lo veían imposible y les dije ‘ustedes concéntrense en ello, y jueguen’. El primero lo hicieron a los tres minutos, a los 20, no llevaban cuatro sino cinco. El partido acabó 74-5 y el entrenador rival me decía: «¿Qué les pasa hoy a tus chicos?».

Fuente: MARCA.com

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